La Griega, La Villeda, El Sueva, Vistalegre

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El 06/11/14. El sable La GRiega, na parte derecha, Vistalegre. Detrás de La Griega, La Villeda, onde hai un castru. Al fondu, El Sueve, 

Arreyos al Diccionariu asturianu-castellanu (CLXII)

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Sigo colos arreyos y modificaciones al mio Diccionariu asturianu-castellanu. Les novedaes, en gris.

lince, m. Mamífero felino con las orejas puntiagudas,  semejante al gato. Su nombre científico es Lynx lynx. || Ser un lince o como un lince, ser muy avispado.
liña, dial. V. lliña y llinia.

lintel, m. Dintel, pieza superior de la puerta ,  de la ventana o de otros huecos que carga sobre las jambas
lique, m. Liquen, planta criptógrama que se forma al asociarse un hongo con un alga.
liscar, v.in tr. Salir corriendo. || 2. Largar, partir de un sitio con prisas o de mala manera.


La Griega, la rimada La Villeda

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Y l'arranque del pedréu (en delles partes del añu, sablera, como agora) hacia Llastres.

El 06/11/2014.

¿Ciencias políticas? ¡No me joda!

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Unos tipos que dan clase en la facultad de Ciencias Políticas deberían ser todos puestos a disposición de la justicia por embaucadores. "¿Ciencia política?", como "hierro de madera". ¡No me jodan! Acaso, a lo más, "técnicas de manipulación política", que eso sí.

Cuervos, pantalán, ocla

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El "pantalán", el restu l'antigua estructura onde cargaben los barcos el carbón que venía de Carrandi en vagonetes aérees.
Dende él tírense nel veranu los "fueos del pantalán. Suelen añerar nél (como güei) los cuervos o cuervos marinos (cast. "cormorán").
Los fiensos que tán al fondu son d'un cultivu esperimental d'ocla, que lleva yá llustros ehí.

El 06/11/2014.




CONTRA LA EXISTENCIA DE ASTURIES

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            CONTRA LA EXISTENCIA DE ASTURIES (22/09/2005)

En los primeros años de nuestra era, a lo largo de la muralla de Adriano, que separaba la Britania romanizada de lo que hoy es Escocia, se disponían una serie de guarniciones militares, de las que tenemos noticia a través de diversas fuentes. Entre aquéllas, la llamada Ala Primera de los Ástures (“Asturians”, escriben los historiadores ingleses) en lo que es hoy Benwell; la Segunda de los Ástures, en el actual Chesters. Significativamente, la Primera Cohorte de Hispanos (“Spaniards”) tiene su ubicación en otro lugar de la misma línea defensiva. (No puedo dejar, por cierto, de anotar que, empujados por la señardá, aquellos antepasados nuestros llevaron consigo a Inglaterra un vástago de su patria, una pequeña enredadera, la Erinus Hispanicus, un endemismo asturiano, cuyos zarcillos esguilen hoy todavía por las viejas piedras de Chesters).
Las actuales excavaciones de La Carisa nos han hecho ver que, algunas décadas antes de la invasión romana, los asturianos poseían (esto es, poseíamos) una fuerte estructura social que les / nos permitió organizar una poderosa y duradera resistencia militar contra Roma. <<La Carisa demuestra que los astures ya tenían identidad social y territorial hace 2000 años>>, dice el General Francisco Ramos Oliver, en declaraciones a la Nueva España, a principios de septiembre.
Ocuparía mucho espacio una brevísima exposición de momentos históricos en que nuestra identidad como pueblo se documenta por propios o ajenos. Dejaré constancia aquí de tres: el Poema de Almería (en torno a 1147) donde se señala que acude al combate <> con sus tropas, junto a otras del Reino; la Crónica Pelayana, para la cual los asturianos se habían convertido en el pueblo elegido por Dios (<>); el testamento del Rey Casto, que señala que la victoria de Pelayo <> (asturiano, no otro).
De modo que, a lo largo de los siglos, la conciencia de una singularidad de los asturianos como pueblo ha sido siempre una evidencia, tanto entre la gente común como entre los intelectuales. Desde el último tercio del siglo XIX, sin embargo, se suceden proclamas que niegan la existencia de una colectividad asturiana, de alguna singularidad histórica o cultural suya o del derecho a tenerla.
Esos comportamientos se manifiestan de mil modos, unas veces de forma explícita, otros mediante una sutil ocultación de la realidad. Así, frente a la evidencia de La Carisa (y otras muchas) el discurso oficial ha sido siempre –—y sigue siendo— el de que no hubo nunca una Asturies anterior a Roma, sino solo una serie de tribus desagregadas (y borrables, por tanto, del mapa y la memoria sin mayor pena), con el único vínculo común del territorio. Lo ejemplifica perfectamente el comportamiento de la inteligentsia regional a propósito de una exposición organizada durante el gobierno de don Antonio Trevín: Ástures, pueblos bárbaros en la frontera del Imperio, se denominaba. En contraste, una muestra del mismo género en Cantabria llevaba por título el de Cántabros, el origen de un pueblo.
Ese mismo menosprecio o afán por evitar cualquier elemento que pudiese reflejar una consciencia de lo asturiano se hizo patente igualmente en el nulo interés que los ponentes estatutarios tuvieron en cambiar el nombre de “Provincia de Oviedo” por el de “Asturies” (lo propuso quien esto firma) o en los más de diez años en que nuestras mayorías parlamentarias llamaron al gobierno “Gobierno regional”, evitando cuidadosamente el nombre de nuestro país (frente a lo que, por ejemplo, hicieron nuestros vecinos, titulándose “Gobierno de Cantabria”). En el colmo del despropósito, una ciudad, Xixón, levanta una estatua al exterminador y depredador (Augusto), en el entendimiento de que vino a traernos la luz, frente a las tinieblas que ellos (los asturianos, es decir, nosotros) representaban. En otras ocasiones, ese tipo de mentalidad no se limita a ocultar la evidencia o a mistificar la realidad, sino que se entrega a vehementes ataques contra lo asturiano o sus valedores (un ejemplo clásico de ello es Clarín; muestras hodiernas las encontrarán ustedes en su memoria más reciente).
El tipo de gente que se entrega a esa vehemente —y a veces sañuda— lucha contra lo asturiano suele definirse por uno o dos de estos rasgos: pertenecen a las élites intelectuales o de poder que se mueven en el amplio marco del Estado o que aspiran a triunfar en él; no son nacidos en Asturies. Los partidos políticos estatales son una especialización vehicular de estos trabajos de negación de lo asturiano y de estas aspiraciones a borrarnos de la faz de la tierra como colectividad actuante, esto es, como pueblo.
Los bienintencionados podrían pensar (o excusarse con ello los de la cuerda y sus beneficiados) que, a fin de cuentas, esa negación o ese poner en solfa la asturianidad no tiene otro interés que el emotivo, el cultural o el romántico, y que pocos efectos prácticos tiene esa hostil y terca negación. ¿Qué más da, argumentarán, que, por ejemplo, nos llamemos oficialmente Asturias o no? Aun suponiendo que las emociones, la historia, la cultura, el sentimiento y la memoria colectivos no tengan importancia alguna, se equivocan.
En primer lugar, porque podrían citarse muchos casos en que, al hacer tabla rasa de la identidad asturiana (o de sus peculiaridades, si ustedes quieren), se han dañado los intereses concretos de miles de asturianos. Dos muestras nada más: la arbitrariedad de negar un derecho foral asturiano ha damnificado expectativas y derechos de individuos y familias;  igualmente, el hacer tabla rasa de las peculiaridades de nuestro “derecho” en materia de montes ha incentivado la ruina de muchos, ayudado a la despoblación rural, generado desidia en su cuidado, incentivado incendios sin cuento. Perjuicios y agravios múltiples a lo largo de muchos años por el prejuicio de no aceptar la realidad asturiana como es y, por tanto, no defenderla.
Pero es que, además, convenientemente manejada por los partidos centralistas, esa mentalidad ha causado la falta de visión de cuáles son las prioridades asturianas y, por tanto, ha provocado la indefensión o el conformismo colectivo, pretiriendo nuestros intereses en función de los ajenos (videlicet, apoyando las pretensiones catalanistas, que redundan en contra nuestra) o lanzándonos a locas aventuras de sangre como vanguardia cuya realidad pesa poco en la balanza del Estado (tal el 34).
Y, en último término, ¿alguien juzga separable este nuestro caer los últimos tiempos, año tras año, en los parámetros de empleo, actividad económica y bienestar, de esa mentalidad que niega la identidad de Asturies como pueblo, y aun como cosa a considerar en sí, y la somete a intereses y empresas siempre tenidos como más altos o importantes?
No. Quienes niegan o atacan nuestra identidad y nuestra existencia como pueblo no menoscaban un concepto o mancillan una emoción. Su víctima no es el ente  abstracto de Asturies, sino que lo son los concretos e históricos ciudadanos asturianos.


ADDENDA: EN LA DÉCADA DE 850 COMIENZA A HABER UN ÉXODO HACIA ASTURIES DE LOS MOZÁRABES: «Así lo dice expresamente la Rotense al hablar de la repoblación de las ciudades de León, Astorga, Tuy y Amaya Patricia, «de antiguo abandonadas», a las que Ordoño «llenó de gentes, en parte de las suyas, en parte de las llegadas de España». Y esa España, en las crónicas de ese período, era el territorio bajo dominio musulmán». 

El pantalán y los cuervos

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El "pantalán", el restu l'antigua estructura onde cargaben los barcos el carbón que venía de Carrandi en vagonetes aérees.
Dende él tírense nel veranu los "fueos del pantalán. Suelen añerar nél (como güei) los cuervos o cuervos marinos (cast. "cormorán").

El 06/11/2014.

Sobre democracia, bilordierismu, igualitarismu y redes sociales

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CONTICUERE OMNES, INTENTIQUE ORA TENEBANT...

            A la memoria de Baltasar Vicente Montes

            “Callaron todos y alzaban, atentos, sus rostros”. Tal es el conocidísimo comienzo del Libro II de la Eneida. Poco antes, la infeliz Dido había pedido al ascendiente de Augusto que contase su historia, desde la desgracia de Troya hasta la llegada a Cartago. Y cuando Eneas comienza su narración, los súbditos de la Reina siguen sus palabras con la avidez en esos versos expresada. También Alcínoo, el Rey de los feacios, pide a Ulises: “Pero vamos, dime –e infórmame en verdad- por dónde has andado errante y a qué regiones de hombres has llegado”.           
            Esa necesidad de saber nuevas ha generado en nuestra literatura todo un subgénero, el del “diálogu noticieru o bilordieru”, en el que el encuentro entre dos personajes suscita la información proporcionada a uno de ellos (y, a su través, al lector) de las realidades del momento. Como en tantas cosas, es el primero Reguera (“Diálogu ente Xuan y Toribiu sobre les coses que pasaren en tiempu del autor”), y le siguen una pléyade, en la que destacan Balvidares o Xosefa de Xovellanos. Así arranca, de ésta, el “Debuxu de les funciones que se ficieren na ciudá d´Uviéu pa celebrar la coronación de Carlos IV”: Munchu me fuelga, compadre, / afayate cabu casa, / que trayo que te cuntar / arriendes d´una selmana.
            ¿Es sólo el hecho de gozar de un relato el que suscita la concurrencia o sostiene la atención de los oyentes? Sin duda hay mucho más. Cuando Atenea (disfrazada de heraldo) discurre entre los feacios para excitar entre ellos el favor hacia su protegido Ulises, le dice a cada uno: ¡Vamos caudiellos y señores de los feacios! Dii al ágora pa que vos informéis sobre´l forasteru que llegara de va pocu  a ca´l prudente Alcínoo dempués de percorrer el pontu, netu nel so cuerpu a los inmortales! Y es que la diosa conoce de sobra una de las ansias más profundas de los humanos: saber de los otros.
            Así, pues, es la misma la concupiscencia de conocer del prójimo que anidaba en la psique de nuestros antepasados –y posiblemente, la tutela con que se fingía los dioses protegían a los forasteros no constituía más que una formalización ritual para amparar ese vehemente deseo de conocer nuevas-, la que se cobijaba en los bilordios de las matronas de barrios y pueblos y la que aguija con dedo impaciente el mando de los televisores en busca de dramas reales y confesiones, de desnudos del alma. Responde todo ello a una profunda necesidad de nuestra constitución, que nos lleva a devorar el ser de los otros (su externidad y su internidad) con una doble finalidad: salir de nosotros, de nuestro yo, para no sentirnos aislados, solos; sumergirnos en otros yos para, así –sin dejar de ser nosotros- sentirnos parte de un todo. No son otras las demandas emocionales que están detrás del amor y de las religiones.
            La globalización, las nuevas tecnologías, la multiplicación de los bienes y servicios ha disparado ahora las posibilidades de esa observación y proyección, la variedad de las mismas, su multiplicidad, su inmediatez; pero no representa novedad alguna, sino más bien, la posibilidad de dar mejor satisfacción a ese antiguo anhelo.
            Por otro lado, algunas de estas nuevas opciones han significado una radical mutación para dar cumplimiento a otra profunda aspiración humana, la de ser reconocido por los otros como único (lo que previamente implica, obviamente, el ser conocido). Algo semejante a lo que en la Fenomenología del espíritu Hegel ha llamado “el deseo de reconocimiento”, un sentimiento cuya ausencia o menosprecio constituía para Hobbes una de las causas de la heraclitiana guerra universal en el estado de naturaleza. Es así como se explica la imparable demanda del “minuto de gloria” en la televisión –aun a costa de humillaciones o impudores- y el éxito de blogs o chats en internet: cada uno de los intervinientes o entrevistados puede “ser” tanto como “es” otro cualquiera.
            Las quejas que en muchos “intelectuales” y exquisitos provoca esta situación de vulgaridad y tabla rasa tiene mucho que ver con que han dejado de ser los únicos que poseían derecho a ocupar el espacio público en busca de “reconocimiento”. Pero, sobre todo, a que desconocen que esas, la de la ausencia de jerarquías de opinión, la de la igualdad de las propuestas y de sus emisores ante la colectividad, no son más que una consecuencia de la democratización progresiva del mundo contemporáneo, que avanza no a través de la apropiación de lo de unos por los otros o mediante el triunfo final de la razón o la clase –como se profetizó-, sino por la multiplicación de bienes y servicios, que, por su propia existencia, se ponen, cada vez más al servicio de todos.
            Quizás convenga aquí citar, para concluir, unos párrafos de Alexis de Tocqueville, el hombre que vio con absoluta claridad, en la temprana democracia estadounidense (en la primera mitad del XIX), las características del predominio social del hombre común en una sociedad igualitaria. “En cuanto al influjo –dice- que la inteligencia de un hombre puede ejercer sobre la de otro, necesariamente ha de ser muy restringida en un país cuyos ciudadanos, muy cerca de la igualdad y del mutuo conocimiento, no reconocen a nadie una grandeza o una superioridad indiscutibles”. “Todo cuanto digo de los americanos es aplicable, por lo demás, a casi todos los hombres de nuestros días –anuncia en otro capítulo-. La variedad desaparece de la especie humana; las mismas maneras de obrar, de pensar y de sentir se dan en todos los rincones del mundo. Y no sólo porque los pueblos tengan ahora un trato más frecuente unos con otros y se copien con más fidelidad, sino porque en cada país los hombres /.../ llegan simultáneamente a lo que más se acerca a su naturaleza, que es en todas partes la misma. Terminan así siendo iguales aunque no se imiten”.
            En el último capítulo de La democracia en América Tocqueville señala que el despotismo que amenaza al mundo futuro no será tanto la tiranía o un aristocratismo clásico, sino el de la vulgaridad aplastante e igualitaria: “Veo una inmensa multitud de hombre parecidos y sin privilegios que los distingan incesantemente girando en busca de pequeños y vulgares placeres con los que contentan su alma, pero sin moverse de su sitio.”
            Y es que no en vano los griegos, que nos mostraron el impagable bien de la democracia, no pudieron ocultar que, como una ganga indesarreyatible, los sicofantes, la demagogia y el ostracismo utilizado contra los mejores formaban parte inevitable de la misma.


             (28/11/05, La Nueva España)

El pedréu y la mar (Llastres)

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El pedreru Llastres (o meyor, pedréu), dende la carretera. Y la mar.

El 06/11/2014.

Delles notes sobre el Vocabulario asturiano y castellano...

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Acaba de llegame'l númberu 111 de la revista Lletres Asturianes, qu'edita l'Academia. Pues bien, ehí asoleyo un artículu Delles notes sobre'l "Vocabulario asturiano y castellano, coleccionado de la viva voz del pueblo / Some notes on de "Asturian and Castilian vocabulary, collected from the real voices of the people".

Faigo un desamen del vocabulariu, señalo los sos erros o la particularidá de les sos definiciones, desenguedeyo dalgunes, y trato de solventar delles cuestiones al rodiu de dalgún vocabulariu imprecisu de los clásicos y de les sos interpretaciones, asina como sobre dalgunos retayos de testos.

Como siempre, la revista trae una mozaína d'artículos interesantes, de toa mena: filoloxía, toponimia, dominiu llingüísticu asturianu, enseñanza, hestoria cultural y lliteraria, televisión y llingua.