La extravagancia del asturianismo

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Muchos de ustedes se habrán hecho, sin duda, esta pregunta: ¿por qué en Asturies no acaba de tener éxito el asturianismo? O, lo que es lo mismo, por qué en nuestro país no tiene una presencia notable y prolongada una fuerza política autónoma, si no como en Cataluña o Euskadi, sí, al menos, como en Cantabria, Canarias o Aragón. ¿En qué somos distintos los asturianos?

Las respuestas que, en general, se dan a nivel popular son sencillas y poco matizadas. Podría, sin duda, realizarse un análisis complejo de las varias causas de tipo histórico y estructural que, por ahora, vienen concurriendo a ello. En todo caso, conviene no perder de vista uno de los fundamentales, les perres. Cuando una formación política no recibe el chorro financiero con que —vía ayuntamientos, diputaciones, parlamentos, Cortes— los grandes partidos se proveen a sí mismos del dinero de los ciudadanos; cuando las entidades financieras no le condonan miles de millones (en pesetas) que antes le habrían prestado, ello significa que sus posibilidades de competir en el mercado de la comunicación que es la política están muy reducidas.

Pero no quiero hoy adentrarme en ese terreno, sino señalar algunas reflexiones que vienen a suscitar ciertas noticias, las cuales subrayan que ser asturianista en nuestro país es, simplemente, estar en la hora del mundo actual, frente a lo que son la práctica habitual del pensamiento y la conducta de los partidos dependientes de Madrid.

Reiteradamente aparecen en la prensa titulares como este: «Fomento recomienda iluminar autopistas con tráficos cuatro veces inferiores al de la “Y”». ¿Qué hay de notable en lo que parece una exigencia razonable que mejoraría grandemente la seguridad de nuestra “caleyona”? Pues, sencillamente, que tal propuesta ya fue realizada por el PAS en la Xunta hace más de quince años (y reiterada después); que, en su día, no fue apoyada por nadie, que, por supuesto, ningún gobierno la exigió.

Esa capacidad del asturianismo para detectar los problemas de Asturies y plantear soluciones, en contraste con la incapacidad de los partidos dependientes de Madrid para su percepción o su retraso en hacerlo, podríamos ampliarla con una lista muy extensa de ejemplos. Uno, de momento, en el mismo ámbito. Es sabido que nuestra pretensión de dotar de paneles informativos a la “Y” tardó casi dos lustros en ser atendida. Otro, que se convierte de vez en cuando en actualidad, es nuestra antigua propuesta de dotar a Asturies de un observatorio meteorológico propio. Reiteradamente rechazada la idea por los partidos centralistas, aprobada por fin parlamentariamente en 1998, duerme aún —para nuestro daño— en el sueño de los justos (léase “ineficaces”).

En el ámbito cultural podríamos rememorar cuántas veces fue rechazada nuestra idea de crear una selección de fútbol asturiana (un combinado de la cual, por cierto, había sido campeón de España en las primeras décadas del siglo XX), hasta que, por fin, el partido que más se había mofado de ella («mofado», sí) la puso en marcha —y, al igual que tantas cosas de las que emprenden los gobiernos de Areces, ha sido dejada posteriormente extinguirse sin pena ni gloria.

Quizás uno de los casos más notables haya sido el del requerimiento del PAS de una televisión asturiana. Durante más de quince años, entre ataques e infamias, sostuvimos su necesidad. Después, cuando muchos de sus efectos positivos ya son imposibles o casi (la creación de una industria cultural y tecnológica en torno a ella con capacidad de salir de nuestro estrecho mercado; la promoción de nuestros productos: piénsese simplemente en la presencia universal, durante el estío, de las orquestas gallegas, a las que insufla combustible durante el año la TVGA), quien más alto levantó el pendón contra ella, el PSOE, la puso en marcha.

Podríamos señalar también la incomprensión que acompañó alguna de nuestras denuncias o propuestas medioambientales, como la del peligro que el cámbaru roxu o cámbaru americanu representaba para nuestra especie —acogida con hilaridad—; o las críticas que, en algún momento, suscitó —fuimos tachados por ello de “nacionalistas radicales”— la demanda de que las osas Paca y Tola debían volver a Asturies.

El asunto de la planta regasificadora llama también la atención. De la que, en 1992, gobernantes González en Madrid, Villa en Les Cuenques, Vigil en Asturies, pretendimos incluir una regasificadora para nuestro país en la revisión del PEN, el desprecio fue olímpico. Diez años más tarde, el PSOE asturiano hace de tal inversión una de las claves del futuro de Asturies. ¿Eran incapaces de verlo entonces? ¿Supeditaban los intereses de los asturianos a otros de clan? ¿No se lo permitían desde Madrid?

Durante muchos años sostuvimos que las claves de nuestro desarrollo pasaban, entre otras cosas, por un abaratamiento drástico del terreno industrial y por la disposición inmediata del mismo, así como por una atención primordial a los autónomos y las empresas minúsculas. En esa línea, nuestros pactos presupuestarios con el Gobierno Marqués permitieron crear veinte mil empleos y bajar, por primera vez en muchos años, de los cincuenta mil parados —aparte de rebajar impuestos empresariales por primera vez en España—. El siguiente gobierno, de mayoría dependiente de Madrid y de los sindicatos, modificó muchas de aquellas prioridades, sus efectos se han visto en la drástica destrucción de empleo.

Ni siquiera en la plaza del desarrollo estatutario hemos llegado a tiempo. Nuestras reiteradas demandas de cumplimiento del mismo con la exigencia del traspaso competencial en los ámbitos hidrográfico y de transporte ferroviario «dieron en güesu». Más tgarde, quienes constituyeron el «güesu» (junto con otros) hacen una exigencia de lo que tildaban en su día como inconstitucional.

De modo que, ya lo ven ustedes, ser asturianista en este país, consiste fundamentalmente en estar a la hora del mundo, en analizar Asturies y su entramado social desde las necesidades de sus ciudadanos, en mirar hacia el futuro y no hacia el pasado, en realizar propuestas desde esa realidad y esos intereses y en no repetir como loros lo que ya han dicho nuestros mentores en Madrid o en acatar sin más lo que nos ordenen.

Claro que eso, en una sociedad que articulan unas élites sociales y políticas tan conservadoras, tan misoneístas, tan contrarias al progreso y a modificar su visión del mundo, tan apegadas a unos privilegios cuyo sostenimiento es contrario a los intereses de la mayoría, tan amigas de recitar una única y anticuada salmodia, todo eso, digo, constituye, aquí y ahora, una extravagancia.

Como una extravagancia resulta todavía, en gran medida, esa nuestra demanda de amar y estimar nuestras cosas: poner en valor nuestra tonada, apoyar nuestro folklore, promover nuestros instrumentos musicales (y bastante hemos hecho en este sentido) proteger y exaltar nuestra lengua, amar nuestra historia patria, mimar nuestro arte popular y nuestra arquitectura. Esa voluntad del PAS fue inicialmente recibida con rechazo, extrañeza y mofa. Después fue aceptada en parte. Pero, en nuestro entender, todo ese acervo nunca ha sido valorado y apreciado de forma sincera y consecuente por los partidos centralistas.

Sólo tengo que recordar que dos de los hechos más significativos en el ámbito identitario asturiano se deben a quien esto firma: el que Asturias se llame así ahora, y no “provincia de Oviedo”, y el que exista el artículo cuarto del Estatuto, el del asturiano. ¿Aciertan a intuir qué tipo de élites son las nuestras, que, entre tantos ponentes del Estatuto inicial, a nadie se le ocurrió restituir el nombre milenario de nuestra comunidad? ¿Creen que eso habría ocurrido en algún otro lugar de España? Ya ven. Sin embargo, el proponer cosas tan elementales hubo de hacerse frente a la opinión unánime de los sabios y de las mayorías.

Querernos a nosotros mismos, amar lo nuestro y convertirnos, por tanto, en ciudadanos de una comunidad con iniciativa social y política en la hora de hoy en España y en el mundo, ver éste tal como es actualmente y no como lo soñamos en el pasado, constituyen asignaturas pendientes en la sociedad asturiana. Mientras ello resulte una excentricidad, las cosas no podrán irnos sino a peor. Las evidencias se acrecientan año tras año: emigran nuestros jóvenes (licenciados y no licenciados), nuestras mujeres no pueden incorporarse en cuantía regular al mundo del trabajo (y, por tanto, no disponen de libertad para desarrollar su proyecto vital); muchos de nuestros puestos de trabajo son mediocres y regularmente pagados en relación a otros sitios del Estado; los empleos se destrozan; nuestro sistema productivo se estanca y, en fin, desde que hay democracia y autonomía —gobernada siempre por los partidos centralistas y por sus organizaciones satélites, dominada por el pseudopensamiento que de ellos emana—, el vagón de Asturies sufre un continuo retroceso hacia la cola en ese tren a que es España, tanto si camina a toda velocidad, como hasta hace poco, como si está parado.

El fresnu filolóxicu: A propósitu de "la tormenta perfecta": nota filolóxica

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Alviertan lo que va del castellanu al asturianu, lo mesmo que va d`Asturies a Castiella. Atiendan, especialmente, a la primera acepción asturiana:

ábrego, m. Viento templado y húmedo del suroeste, que trae las lluvias. (RAE)
ábregu, m. Viento caliente y seco del suroeste. // 2. Viento muy caliente y seco, procedente de Áfica. (Xuan Xosé)
ábrigu, m. Viento caliente y seco del suroeste. // 2. Viento muy caliente y seco, procedente de Áfica. (Xuan Xosé)

Capitalidá cultural d'Asturies

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Como saben, los del PSOE, los de Xixón y Avilés, los d'Areces, los de Javier Fernández y otros anden tomándonos el pelo a tolos asturianos cola cuestión de la capitalidá cultural europea d'Asturies (Uviéu) pal 2016.

Primero faciendo que nun sabíen cómo funcionaben les riegles de la candidatura, dempués, ensin promocionala.

De la mesma forma l'Ayuntamientu d'Uviéu, el PP y Gabino toréennos diciendo que tán, que marchen, que tornen...

Pero, sobre too, la burlla infinita enxértase dientru del despreciu hestóricu que tooes ellos, especialmente los socialistes, tienen a tolo que sea Asturies, nesti casu, al so patrimoniu hestóricu.

¡Maltraten de tala manera l'arte asturianu dende que gobiernen! ¡Tiénenlu fechu llaceria tala! ¡Y la xestión de les cueves con arte parietal! ¡Menuda llaceria!

Asina qué, ¿cómo van quererer y pretender p'Asturies la capitalidá cultural europea, si quieren más a Lleón qu'Asturies, a Madrid qu'a Lleón y Asturies, a Europa más qu'Asturies, a Cuba más qu'Asturies, a Venezuela más qu'Asturies?

¡DIOS MÍU, COLO MAL QUE LO FAI!

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Las voces que califican a Zapatero como un desastre personal y social, como una inestable perindola gigantesca capaz de rodar en un permanente vaivén sin sentido mientras derriba bolos a su alrededor, se han hecho extensivas últimamente a amplias capas del mundo y la militancia socialistas, es más, se hacen públicas, se manifiestan en los medios de comunicación, superando la tradicional reserva e incondicional fidelidad que suele caracterizar a los miembros del PSOE. Por sólo ceñirme a las declaraciones aparecidas en la última semana en La Nueva España, señalaré las de un conocido profesor y crítico de arte —que se ha movido siempre en ese ámbito político, aunque ignoro ahora su concreto estado de afiliación—, quien señalaba que, desde el principio, Zapatero no había sido más que una cáscara vacía envuelta en una magnífica campaña publicitaria, y las de don Francisco Villaverde, apuntando que el leonés don José Luis «sólo» se había equivocado «en el impulso de los estatutos de autonomía».

Lo que primero sorprende en todo este proceso de modificación de las opiniones es lo que han tardado algunos en ser conscientes de quién es realmente Zapatero. Es el mismo que, a la semana de tomar posesión decide, por sí y ante sí, sacar magnis itineribus las tropas de Irak (me refiero a las formas, anómalas desde todos los puntos de vista —salvo el propagandístico—, no a la cuestión de fondo); el que, pocos meses después, invita en Túnez a todas las naciones aliadas a abandonar a los estadounidenses en Irak; quien, poco más tarde, anuncia que el centro de proceso de multas de León va a “retirar” de la carretera a la guardia civil; quien confunde términos tan elementales como la deuda y el déficit o que trata en plan faltón a Merkel, y al que, como una madre que debe ir tras de su hijo recogiendo sus prendas a fin de disimular un poco su desorden, permanentemente los asesores de Moncloa tienen que seguir para explicar a la opinión pública aquello que el líder quiso decir o rectificar lo que no debió decir. De su larga lista posterior de disparates, mentiras, errores, imprecisiones, bocayaes y demás (incluidas las relativas a Asturies), especialmente en relación con ETA y con la crisis económica, tienen ustedes notarial redacción, con cita literal y fecha, en múltiples entradas de internet.

Pero ese tipo ignaro, atrevido y mendaz al que, cuando llega al Gobierno en el 2004, había que enseñar las más elementales nociones de economía en tres días, a quien había que vigilar de cerca para tapar o reparar los cacharros rotos a su paso, que no tenía la menor idea de lo que es la administración o de lo que son las reglas generales que rigen las relaciones entre estados, no había sido sacado, al igual que Cincinato, de su huertículo en el páramo leonés mientras cultivaba lechugas, ni había caído de la luna como decía Cyrano que le había ocurrido: tenía su culo sentado en el Congreso desde 1992 y venía siendo el patrón del PSOE desde el 2000. En todo ese tiempo, ni un exiguo conocimiento, ni un ápice de mejora en su capacitación, tan solo el perfeccionamiento de su taimada capacidad para la seducción, el engaño y la liquidación de sus competidores políticos.

Ahora bien, reparemos en que don José Luis Zapatero no es un dictador. Está ahí porque fue seleccionado como “el mejor” tras un arduo proceso de selección por y de entre los militantes del PSOE. Y sus proyectos han sido todos aplaudidos y vitoreados por los suyos. Fijémonos solo en uno: el de la reforma de los estatutos de autonomía, cuya inadecuada orientación ha traído la confrontación territorial, el caos financiero, el descrédito a las instituciones y el daño a algunas comunidades. Pues bien, ese proyecto fue jaleado, aplaudido, votado y palmeado por bases, ejecutivas, militantes, diputados y senadores del PSOE. Aquí mismo he contado muchas veces cómo el califa, don Vicente Alberto, y el aspirante a califa, don Javier, entre otros, corrieron a aplaudir en persona todos esos avatares catalanes. Los demás los votaron. Y cuando discreparon, callaron como afogaos, con ese silencio cómplice que ellos llaman “patriotismo de partido”.

¿Qué es lo que ha ocurrido en las últimas semanas para que de la máscara que velaba o disimulaba la realidad de don José Luis parezcan irse desprendiendo pedazos que permitan ver, como en la antigua narración, al rey desnudo, al personaje leonés más como es? Pues ha ocurrido lo que aquel viejo chiste decía. Se lo cuento en breve:

Se encuentran dos vecinas en el ascensor. La del segundo le manifiesta a la del quinto —naturalmente, expresándole el apuro que le cuesta decírselo— que el marido de ésta tiene un lío con la del tercero-E. La del quinto: —¿Qué me dices? ¿Con la del tercero-E? ¿Con esa rubia teñida y despampanante? ¿Con esa que pasa el día contando a todo el vecindario lo que pasa en su casa y en todas las demás y que es la más chismosa del barrio? ¿Con esa? La del segundo: —Sí, chica, con esa. ¡No sabes cuánto lo siento! La del quinto: —¡Ay, Dios mío, qué vergüenza, ay, Dios mío! ¡Se va a enterar todo el vecindario! ¡Qué vergüenza! Pausa y sollozo. —¡Qué vergüenza, Dios mío, qué vergüenza! ¡Colo mal que lo fai`l mio paisanu! ¡Agora va enterase tol mundu!

Y es que la salida a Europa y al mundo de don José Luis ha permitido que el resto del orbe viese lo que hasta ahora teníamos más o menos escondido o fingíamos ignorar. Y esa exposición y el reflejo de esa visión en los ojos ajenos a unos les ha permitido percatarse de la verdadera dimensión del problema; a otros, atreverse a decir lo que hasta ahora tenían callado, no fuesen a conceptuarlos entre el número de los marranos o bastardos. Lo que a ninguno exime ni un ápice de su pasada responsabilidad y su contumacia.

Más sobre manifestaciones sindicales (¿y obreres?)

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El 23-F los sindicatos UGT y CCOO salieren a la calle a sopelexar el so rechazu a lo qu'ellos mesmos propugnen (perdón, dicen que propugnen) na so otra hemipersonalidá, la del Gobiernu PSOE.

¿Cayeren vustedes na cuenta de que yera tantu'l so interés en defender a los ciudadanos y a los trabayadores que nun quisieren qu'otros sindicatos (USO, CSI, CSIF...) se sumaren a la convocatoria?

¿Porque nun van pensar ustedes que la razón pa nun llamalos nin dexalos participar ye que-yos interesa más la esclusividá del so negociu que la defensa de los trabayadores y los ciudadanos?

¿A que nun son tan gafientos como pa pensalo? Y a que, d'ocurríse-yos, escobien la idea de seguida, por perversa y errónea.

Tocántenes al públicu, n'Asturies, 30.000. Y en Madrid, sólo 50.000. ¡Somos mundiales! ¿O será qu'equí, con unos medios de comunicación entregaos, cuelen entá meyor les mentires de los convocantes a les manifestaciones que les de los pescadores y cazadores en chigre?

Zapatero y los mercaos

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Don José Luis vuelve facer coses rares. Esta vegada fue nun conceyu de socialistes de tolo mundu onde decidió decir una d'eses frases que naide sabe, en sentíu racional, qué quier decir. Lo que vino a sopelexar fue una especie d'amenaza-requisitoria contra los mercaos: ¿Quién son ellos pa deci-yos a los gobiernos lo que tienen que facer cola delda, y menos pa valorar la delda, si ye boroña o ponxa? Y que, además, recordaren que los gobiernos punxeren les perres pa salvar a los mercaos de la ruina.

En fin, nun fai falta esclariar que lo que fixeren los gobiernos (unos más y otros menos) fue, primero, a través de los bancos centrales, da-y ensin parar a les perres puestes en circulación pal endeldamientu xeneral (y pal crecimientu xeneral) durante diez años en casi tolo mundu. Y que, dempués, lo que ficieren fue poner les perres pa les entidaes financieres, pa los bancos, non pa los mercaos, que son el sistema o, por meyor decir, parte'l sistema.

¿Tochín dafechu? Non. Porque él sabe que les sos palabres valero-cabalístiques sirven de viagra escitativu pa los de so, que son l'oxetivu únicu y final de tola política socialista.

Unión Asturianista

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El pasáu sábadu, 20/02/2010, tuviemos un encuentru de les dos executives d'Unión Asturianista, PAS y URAS, nuna reunión de trabayu.


Tuvieren tamién presentes los dos alcaldes d'Unión Asturianista (Villaviciosa y Ponga) asina como los restantes 9 conceyales (SOMOS LA CUARTA FUERZA POLÍTICA). Tamién tuvieren presentes representantes d'agrupaciones llocales.

Al marxen de determinaes estratexes de futuru, la búsqueda d'alcuerdos y pautos, con persones o grupos, constituyó parte importante la reflesión colectiva.


Acompañen delles semeyes.

Pensiones y manifestaciones: 23 de febrero

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El lema del PSOE contra lo OTAN, ¿se acuerdan?, era: "OTAN, de entrada no". Recuerdan, sin duda, lo que significaba: "De entrada, no; después, sí".

Cuando don Cándido Méndez anunció la huelga gritó: "Zapatero, así no", y criticó "el nefasto sentido de la oportunidad del Gobierno".

¿Reconocen la agencia publicitaria de la OTAN en el "así no" de Méndez?

En cuanto a lo del 23-F, ¡vaya usted a saber qué humorada se esconde tras ello! Quizás la misma que la de Felipe González con el yate Azor.

El llegáu hestóricu de CONCEYU BABLE

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A finales del añu pasáu, cumplíense 35 años de l'apaición de la sección periodística “Conceyu Bable” (non de l´asociación del mesmu nome, aniciada dos años más tarde, na mio casa y na de la mio muyer, Elena Fernández Poch –autora y editora, por cierto, nel 1975, del primer diccionariu castellano/asturianu-, nel Bibio, al amparu de la Llei Fraga de 1964). El desurdimientu de la sección, primero, y el de l'asociación, más tarde, despertaren un ampliu sentimientu de simpatía y d'identificación ente munchos asturianos, tanto de dientru como de fuera. “Esto ye lo que yo sentía y lo que yo quería sentir decir”, veníen a asoleyar toos aquelles persones que manifestaren el so sofitu o s'organizaren embaxu les sigles de Conceyu Bable.

Fundamentalmente lo que consiguió n'aquellos años el movimientu organizáu en Conceyu Bable fueron dos coses: la primera, dar dignidá a tolos rasgos de la identidá material y social asturiana (la llingua, principalmente, pero tamién la gaita, l'horru e tutti quanti) y constituir con ello un marcu teóricu global y modernu (nacionalista), que ficiere de los mesmos productos históricos diferenciaos, non manifestaciones aisllaes y casuales (o peor entá, talo como se pretende munches vegaes: restos d'un pasáu arcaicu y atrasáu), sinón vectores diversos d'un mesmu raigón: la hestoria y la cultura d'un pueblu con personalidá propia, l'asturianu. La segunda, dotar a esos elementos (la llingua especialmente, en cuantes instrumentu d'usu, non sólo de recuerdu o archivu) de virtualidá de futuru: convertilos non n'oxetos de veneración pasada o de conservación museística, sinón n'aperios pal trabayu social o políticu del presente, que tábamos obligaos a tresmitir viviegos al futuru.

Al mesmu tiempu, tanto dende la sección periodística como más tarde de Conceyu Bable, fuimos aniciando una serie de propuestes que constituyeren dempués tol material teóricu asturianista del nuestru país, non sólo de los partíos nacionalistes, sinón de los partíos centralistes. Dalguna d'eses propuestes algamó'l so cumplimientu de mena más o menos satisfactoria, otres constituyen güei entá una bultable carencia.

D'ente eses propuestes aníciase l'actual bandera asturiana (Asturies tenía, como dalgún illustre hestoriador recordara d'aquella, munchos pendones, pero ninguna bandera); la propuesta d'un himnu d'Asturies (qu'un gobiernu de Pedro de Silva resolvió col actual, al mio talantar una propuesta fácil y popular, pero poco acertada y poco asturianista, esto ye, poco respetuosa con una cierta idea de la dignidá d'Asturies); la creación de l'Academia de la Llingua Asturiana; la de la normalización y normativización llingüística del asturiano (que por aquel entós preferíamos llamar “bable”), que ta güei incumplida en gran medida, y a la que sólo nos llegamos a aproximar col artículu cuartu l'Estatutu (puestu nesi textu constitucional pol qu'esto firma) y mediante la Llei d'Usu y Protección del Bable/Asturianu (fecha y impulsada pol PAS); la d'un Estatutu d'Autonomía p'Asturies, llogru que, si bien vieno impulsáu poles condiciones xenerales de la evolución alministrativo/política del Estáu, hai que recordar que ningún partíu ni políticu centraliegu lu quería entós p'Asturies.

La idea de que toes estes actuaciones sociales y culturales nun yeren posibles ensin una fuerza política asturianista fuerte que les vehiculase na sociedá y les ficiere espoxigar taba yá presente en Conceyu Bable. Nel 1976 yo mesmu intenté que l'asociación se camudara nun partíu políticu p'acudir a les futures elecciones. La propuesta alcontró un ecu mui escasu ente les persones qu'entós formaben parte de l'asociación, en parte por desconfianza de la política, en parte tamién porque la tentación izquierdista de corte marxista yera dominante ente una faza importante del asturianismu y eso condicionó, de munches maneres, entós y nel futuru, una respuesta política suficientemente autónoma o fizo apaecer otres d'imposible enxertamientu social.

¿Cuálu fue l'éxitu de Conceyu Bable (hai que decir que, anque subsiste formalmente, poco más tarde, coles primeres elecciones democrátiques y, sobre tou, a partir de la constitución de l'Academia, el movimientu empieza a esmendrayase y a perder puxu social) y cuálos el trunfu o fracasu de les sos idees o del sentimientu asturianista qu'anició? Pa enriba la plasmación de dalgunes de les propuestes concretes que florecieren d'ente de les de la so sema, convién decir que'l discursu de Conceyu Bable asturianizó en daqué medía'l discursu políticu de los partíos centraliegos (o, por decilo más llariegamente, desarnió en daqué medía al Busgosu madrileñista). El que recuerde, por exemplu, el tarrecimientu que PP y PSOE tuvieren a lo llargo de munchos años pa poner la bandera nos sos carteles electorales sabe que, cuando lo ficieren, fue afalaos pol discursu asturianista. IU, dotramiente, sólo llega a defender la cooficialidá a partir de 1996.

Delles de les propuestes remanecíes de Conceyu Bable o de los sos biltos políticos tardaren munchu en ser granibles, anque sólo lo fueren parcialmente. ¿Quién non recuerda, por decir, los ataques y insultos con que recibieren les idees del PAS d'una televisión asturiana o de selecciones deportives polos mesmos qu'agora les ponen en marcha, como'l PSOE? Otres, talo les matrícules coles sigles propies nos coches, tán entovía tardando.

Na sociedá asturiana, en xeneral, caltrió en parte y de forma contradictoria'l discursu asturianista. Asina, convive un mayor sentimientu abstractu d'asturianismu con una falta de compromisu real col mesmu, yá sea na so vertiente cultural yá na rimada política. Por decilo asina, el nun falar asturiano y el nun votar asturianista convive con miles de banderes na subida al Angliru. Una cierta meyor valoración de la llingua asítiase al pie d'una perda social del so emplegu.

Nesi ámbitu xeneral de la sociedá, otros aspectos de la cultura asturiana, afalaos por aquella recuperación de l'autoestima qu'aguiyó Conceyu Bable, espoxigaren notablemente, ensin embargu. La sidre o la gaita, en concretu, de tar prácticamente esapaecía la una y menospreciaos los dos, pasaren a ganar un apreciu xeneral na sociedá.

Trenta años dempués, ¿cuálu ye'l balance de l'acción asturianizadora de Conceyu Bable? ¿Fue munchu, pocu, abondu, el posible? Quiciabis nos ayude a consideralo'l siguiente refervimientu.

Nel 1943, Fabriciano González, “Fabricio” -secretariu y empobinador, por ciertu, de la primera academia de la llingua asturiana (1919)- decía, nesti mesmu diariu d'El Comercio: "Los términos “asturianismo” y “asturianista” aún no están catalogados en el diccionario de la lengua (refierse a la castellana); pero aquí entre nosotros, gozan ya de un concepto bien definido, entendiendo por asturianismo todo lo que habla en pro y beneficio de la región asturiana, encariñándose con sus tradiciones y fomentando su progreso”.

Pues bien, sesenta y un años dempués, nel 2004, ningún diccionariu español arrecueye los términos “asturianismu” y “asturianista” nel sentíu cultural y políticu, mientres sí recueye “catalanismu” y “catalanista”, “galleguismu” o “galleguista”.

Tal vez esa oxetivación de la nuestra intrascendencia fuera les nuestres fronteres nun sea otra cosa que l'oldéu de la escasa asturianización de la nuestra sociedá y, polo tanto, un parámetru indirectu del solo relativu éxitu –por grande que fuere- de Conceyu Bable.

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El problema social y legal del asturiano

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No todos los asturianos están convencidos de que el asturiano sea una lengua, menos aún de que sea un bien colectivo que haya que preservar. Ello es así en tanto en cuanto, a lo largo del último siglo, ha habido una sostenida campaña de desprestigio contra la lengua nacional. Además, en los casi treinta años de democracia que suceden a la muerte de Franco, ninguno de los gobiernos sucesivos, ni tampoco de los partidos políticos dependientes de Madrid, ninguno, ha hecho nada por modificar esa situación de desprestigio.

Las lenguas, por otro lado, tienen la fastidiosa condición de que, para existir, necesitan ser emitidas por ciudadanos concretos en su relación social con otros. No basta con congelarlas en un libro o un monumento. Además, en cuanto “objetos” públicos, suscitan, como algunos otros, reacciones viscerales de adhesión o rechazo, de vergüenza o de estigmatización social por su empleo. Es éste, sucintamente, el marco en que se mueve “la cuestión del asturiano”: su uso y aprecio o desprecio por los ciudadanos; su condición legal; su tratamiento político.

Una lengua puede disfrutar de una vitalidad social normal y no tener reconocido un determinado estatuto legal. Puede, por el contrario, tener reconocida su oficialidad jurídica y languidecer por los callejones del menosprecio y la patoisización. Es posible afirmar con rotundidad que resulta preferible una lengua viva, presente en los medios y en la calle, que una lengua que agonice con la escarapela de la oficialidad al cuello. En todo caso, el estatuto jurídico de oficialidad ofrece, entre otras, la ventaja de reforzar el prestigio social de la lengua. Evita, además, situaciones irritantes. Por poner un par de ejemplos: que la Constitución europea se edite en catalán y gallego, pero no en asturiano, parece un agravio; que, en su día, los sellos conmemorativos de la boda principesca impriman leyendas en catalán, gallego y vasco, y no en asturiano, por no ser oficial nuestra lengua, es una babayada (legal). De modo que, como se advierte, los efectos de la ausencia de oficialidad pueden llegar a causar perturbaciones y ofensas en ámbitos donde no parece que haya más conflicto que el que la propia legislación causa.

Conviene decir, finalmente, en este orden de cosas, que, como la declaración de oficialidad no significa prácticamente nada sin un desarrollo legislativo ulterior, se podría estatuir la cooficialidad del asturiano siendo sumamente prudentes en su aplicación, de forma que se avanzase cautelosamente y, sobre todo, nadie se sintiese obligado u hostigado.

En cuanto a la situación legislativa del asturiano, quien esto suscribe tiene el orgullo de afirmar que fue una iniciativa personal suya la que colocó el asturiano (bajo el término “bable”, de moda por aquel entonces) en el Estatuto (el famoso artículo 4º). Fue también una iniciativa del PAS (que tuve el honor de vehicular) la que, tras diecisiete años de ausencia de desarrollo legal de la materia, logró que existiese la actual Ley de Uso y Promoción del Asturiano, sustancialmente incumplida por los sucesivos gobiernos de Areces, incluido el actual con IU. Por desgracia, una iniciativa también nuestra para residenciar la declaración de oficialidad en el Estatuto reformado de 1999, con el requisito de un amplio quórum de diputados para su hipotética aprobación posterior en la Xunta Xeneral, encontró la enemiga de PP, PSOE e IU; incluso, la incomprensión de un amplio sector social e institucional favorable, en principio, a nuestra lengua.

Si recordamos lo que ocurría cuando fingían que querían reformar el Estatuto, hace unos años. La agitación que otras comunidades causaron al propugnar la reforma de sus estatutos y su financiación pareció haber levantado con su aire las faldas estatutarias de PP y PSOE, tan modositas y recatadas siempre. El PP, incluso, pareció haberse bebido un botellón de destilados del espíritu de Pelayo (de alta graduación, a juzgar por sus efectos) y estuvo dispuesto a ir más allá que nadie. Llegó a tanto en su excitación que homenajeó al señor Marqués al utilizar una troquelación de éste cuando manifestaron estar dispuestos a la cooficialidad “si existe una clara demanda social”.

PP y PSOE están y han estado siempre en contra del asturiano (IU, por cierto, sólo está a favor de la oficialidad desde 1996). Es más, una notable aversión y hostilidad hacia lo que pudiéramos llamar las señas de identidad asturiana constituye un elemento fundamental de la componente emocional de la mayoría de sus militantes, de su ideología implícita y de su discurso social. No cambiarán.

Pero es que, por otro lado, su capacidad política para liderar iniciativas autonómicas o políticas en el ámbito de sus respectivos partidos es absolutamente nula. Como siempre, y especialmente en el campo de las reformas estatutarias, suscribirán lo que desde Madrid les ordenen suscribir y lo harán en la fecha que se les señale. Por supuesto, en posición de firmes y en el primer tiempo del saludo.

Desengáñense, incautos, voluntariosos e ilusos. Ni la situación social del asturiano ni su estatuto legal cambiarán mientras los ciudadanos sigan votando mayoritariamente a quienes, sobre ser sus enemigos, no tienen otra entidad política que la de disciplinados correveidiles de sus patronos madrileños.

¿Quién, por otro lado, que sintiera al raposu decir que, abandonando sus artes onto y filogenéticas, iba, a partir de hoy, a convertirse en protector de los pitos estaría dispuesto a dar crédito a sus palabras?

Lo dice nuestra sabiduría popular: El raposu tira´l pelu, pero non les zunes.

La Asturies misteriosa y enigmática

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Decía Churchill a propósito de la Rusia de Stalin que constituía ésta “un acertijo envuelto en un misterio en el interior de un enigma”. Otros aseveran que la frase la aplicaba el estadista británico a la China de Mao, pero, en todo caso, nada nos hubiera extrañado que la hubiese dedicado a nuestro país, pues no hay, sin duda, en el mundo tierra más llena de enigmas y misterios por desentrañar que Asturies. Algunos:

El acto mismo del nacimiento de nuestra nación como sujeto político moderno está envuelto en tinieblas. ¿Quién era Pelayo y de dónde venía? ¿Era gallego, cántabro, toledano o asturiano? ¿Visigodo o de raigón llariegu? ¿Su rebelión se debió a motivos religiosos o vivenciales? ¿Rompió, más bien, con Munuza por las relaciones de éste con su hermana? ¿Lo hizo por razones de tipo tributario? ¿Fue Covadonga una gran batalla o, más bien —sin llegar a negar su existencia, como Barrau-Dihigo, Somoza o Chalmeta—, una simple engarradiella? En todo caso, no deja de ser una ironía que el mocín del nacimiento político del Estado asturiano y su acto fundacional sean arcanos inescrutables.

No constituye una incógnita menor el hecho de que los nombres prerromanos que con más certidumbre se ligan a nuestro nombre histórico, el de asturianos, así como con el de nuestra patria, Asturies, sean los del río Esla ( Qué significa “Asturies” es una cuestión que, según propia declaración ignoraba Ortega y Gasset. No es el único. Tampoco nosotros sabemos muy bien qué quiere decir el vocablo, y, aunque parece relacionado con el “agua” (sería un hidronímico, pues), ni siquiera sabemos si, en esa hipótesis, es una sola raíz o esta constituida por dos, “ast” y “ur”, que vendrían a nombrar las corrientes fluviales de dos formas distintas.

Si el velo de la ignorancia se extiende sobre nuestro nombre histórico no menor embozo encumbre la denominación de nuestras principales ciudades. Para la capital, Uviéu, se han propuesto todo tipo de nombres, desde “lugar abundante en ovejas”, hasta “canal de agua”, “la blanca” o un equivalente a nuestro actual “cuetu”: todo ello, muy lejos de cualquier posibilidad de certeza. E igual ocurre con Xixón, topónimo para el cual se han propuesto desde “mojón” a “peñasco”, y aún yo mismo he sugerido un “Sessio” (“sede o campamento”, vendría a ser en castellano). Poco más que conjeturas, en todo caso, como ocurre con Avilés, cuya etimología, si bien se han aventurado menos hipótesis para ella, también desconocemos.

Como se ve, misterios y enigmas son muy abundantes, tanto que hacen palidecer los de París de Eugenio Sue, y, desde luego, de haberlo sabido el prolijo Mario Roso de Luna, no se hubiera conformado con su Por la Asturias tenebrosa. El tesoro de los lagos de Somiedo, sino que hubiese dedicado a nuestro país una enciclopedia no menor que la Espasa. Pero las tinieblas se extienden, asimismo, a otros muchos ámbitos, incluso a los más comunes, como la gastronomía. Aceptemos resignadamente no saber el autor ni la fecha de la primera fabada, pero resulta insoportablemente doloroso el que no conzocamos siquiera lo que significa la denominación de uno de nuestros más insignes productos gastronómicos, el quesu de afuega´l pitu, porque es evidente que ni recibe tal denominación porque se dé a probar a los pitos, hasta afogalos, como proclaman algunos, ni porque tenga la virtud sanatoria de quitar el “pitu” o ferviella de los asmáticos o bronquíticos, según otros.

Pero es que también resulta un arcano qué fuera el primero de nuestros productos conocidos, el zytho, la bebida de los antiguos astures citada por el geógrafo Estrabón (zytho etiam utuntur, vini parum bebunt). ¿Qué era este zytho que nuestros antepasados encloyaben, pues bebían “poco vino”? ¿Un vino de peras? ¿Un alcohol de cereales, como la cerveza? ¿Sidra? A no ser que, por milagro, encontráremos una vejiga de antiguo compatriota en perfecto estado de conservación será difícil averiguarlo.

¿Y quién sería para explicar los misterios de nuestra naturaleza? Fijémonos sólo en uno, la vecería de les pumaraes. Creemos saber por qué se produce, por el agotamiento productivo de los pumares, que, tras su esfuerzo en una año, han conseguido un convenio —muy asturiano, por cierto— gracias al cual fuelguen durante otro para reponerse. Tengámoslo por cierto. ¿Pero alguien es capaz de explicar cuál es la empatía universal, la muda sintonía, que empuja a todos ellos, sea cual sea el año en que se planten, a cargarse de frutos en los años impares y a descansar en los pares? ¿Por qué no al revés? ¿Por qué no cada uno según su ritmo o ciclo?

¿Y nuestro himno? ¿Cómo es posible que una música que se encuentra en Cantabria se haga pasar por polaca, por cubana y por asturiana? ¿En qué cabeza cabe que hayamos adoptado un himno donde —en el colmo de la tacañería— el amante se sube a un árbol para coger una flor para su amada? ¿Y qué árbol, ¡Dios mío!, producirá flores aceptables para pasar como tales a los ojos de una joven, sino es, acaso, la cameliar, donde, dada su habitual escasa altura, resulta difícil engaramitase? ¡Y que ello pase por nuestro himno nacional! Al menos el tal, para el estigmatizado ramón Menéndez Pidal lo era nuestra danza prima.

Pero el mayor de los enigmas es, sin duda contemporáneo. ¿Cómo es posible que en un país en el que los jóvenes han de emigrar en busca de empleo y en el que a las mujeres les es muy difícil acceder al mundo del trabajo; en una tierra en la que los salarios de los jóvenes son menores que en el entorno; donde, desde hace treinta años, venimos viendo decaer nuestra economía y población, disminuir nuestras rentas en relación con los vecinos, menguar nuestro crecimiento, retrasarse nuestras obras públicas hasta límites intolerables; cómo es posible, decimos, que, con esa catástrofe reiterada durante más de treinta años, los ciudadanos acudan con entusiasmo impenitente a las urnas para volver a poner al frente de nuestro país a los mismos incompetentes responsables de nuestro daño? Ese sí que es el verdadero problema identitario asturiano, y no el de la llingua o el de la estructura económica dependiente del Estado, y, hasta que no se resuelva no habrá solución para los demás.

De modo que, de haber conocido el salvador de Europa los misterios de esta tierra también salvadora de Europa en su día, posiblemente no le hubiera parecido la Rusia comunista de Stalin un gran misterio. Porque, al pie de los enigmas de esta nuestra Asturies, de su intensidad y su cúmulo, los del resto del mundo, aun ciertos reputados arcanos teológico-trinitarios, son como bagatelas o acertijos de niño. Por entendernos todos, como un sudoku de a diario comparado con el Hara-Kiri dominical de La Nueva España.

L'Estoxu: PATRIOTISMU

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Wenceslao Emilio Retana (1862-1910) foi recoyendo nes Filipines toda una colección de documentos hestóricos, científicos, lliterarios, políticos ... hasta facer lo que él mesmo llamó "Archivo Bibliófilo Filipino". Y en 1898 destaca ente les obres que tien, a esta:

Las dificultades y perspectivas del asturianismo

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Muchos asturianos creen que es necesario un partido asturianista/nacionalista fuerte, tanto en el orden interno como "frente a Madrid". Sin embargo, también, la mayoría de esos ciudadanos no votan a ningún partido asturianista o simplemente no votan. Esperan, tal vez, que esa necesidad social venga a ser cubierta por los ciudadanos de Cuenca o Soria.

La inexistencia de un voto asturianista es el mayor problema con que se enfrenta la voluntad de construir una variable política de esa definición. Para que se comprenda bien el asunto, entendamos que el voto es fundamentalmente una cuestión de adscripción previa, de patria emocional, que tiene más que ver con la fe y con las pulsiones de la autorrepresentación simbólica que con la racionalidad o la realidad. Por decirlo de una forma patente: en torno a siete millones de españoles están siempre dispuestos a votar al PSOE o al PP, sea cual sea la conducta real de esos partidos: crezca el paro o no, roben sus dirigentes o no, sean o no sean unos absolutos ineptos para gestionar el presupuesto. Siempre habrá un mecanismo psíquico y dialéctico para no ver la realidad, disculparla o echar la culpa al adversario. Completemos el panorama señalando que, en medio, hay unos pocos cientos de miles de ciudadanos que pueden cambiar de voto en cada elección (y cuanto más culto o moderno es el país es mayor ese conjunto) y que en algunos territorios particulares existe otro ámbito de identidad emotivo/simbólica, el del territorio menor al del estado, el nacionalista/regionalista.

En Asturies ese voto incondicional, previo diríamos a la existencia de cualquier opción en que proyectarse, no existe, o por mejor decir, es tremendamente exiguo. No se trata, preciso, de que no exista para el PAS, se trata de que no tiene realidad para ninguna fuerza política (como, por si había dudas, se ha constatado en las últimas elecciones). Es más, en lo que sabemos, a través de encuestas, el voto asturianista tiene una gran labilidad, una escasa "fidelidad", en estrictos términos sociológicos. En nuestro caso concreto, es posible que, de los casi sesenta mil votos que hemos recibido en las últimas cuatro elecciones autonómicas, no hayan repetido en tres de ellas más de siete mil ciudadanos.

El segundo gran problema es la extremada limitación del altavoz asturianista. Los demás partidos políticos reciben miles de millones (en términos de antiguas pesetas) en subvenciones directas del estado, a través de los grupos parlamentarios del Congreso, por la vía de las diputaciones, ayuntamientos y comunidades autónomas. Disponen, además, de cientos de funcionarios y de miles de cargos públicos. En el caso de la izquierda madrileñista (PSOE e IU), tienen además la fuerza adicional, más o menos explícita, del sindicalismo. Frente a eso, y por ceñirnos a nuestra organización, nosotros no recibimos un duro de subvención del estado. Es más, nunca hemos podido pagar ni a una sola persona para que se dedicase con exclusividad a la política (ni siquiera quien esto escribe: diputado, tuvo que compatibilizar el trabajo y la dedicación política para poder comer).

Añádase a ello un elemento importantísimo, la presencia en los medios de comunicación. Los partidos con representación institucional múltiple tienen garantizada su presencia diaria en la información de todos los acontecimientos económicos, sociales y políticos; en cada página, por así decir, y en cada sección regional (por cierto, nosotros estamos excluidos de la información de los medios públicos, por no ser parlamentarios). Pero esos partidos, además, que son madrileñistas todos en Asturies, tienen por añadidura la presencia en los medios de comunicación estatales, a través de sus siglas y sus líderes, espacios en los que, simplemente, los demás no existimos. Hágase de ello la traducción a dinero invertido en publicidad y la diferencia es la que va, en años luz, del big-bang a nuestros días. Si sumamos, además, la diferente significación (el diferencial de potencia representativa y significativa) que para el ciudadano/elector tiene el aparecer en las televisiones y medios estatales, frente al asomarse en los medios asturianos, casi completaremos el panorama. Casi, decimos, porque aún se podría rematar con una sociología de los medios, de los profesionales de los mismos y de sus prejuicios político-sociales.

Sobre estos ingredientes básicos (que hacen que la competencia electoral venga a ser la que pueda entablarse entre una silla de inválido pinchada y un fórmula uno) vienen a añadirse los propios elementos discriminatorios de las elecciones: ausencia en los medios de comunicación, imposibilidad de mandar a casa las papeletas de voto, falta de dinero, topes mínimos de representación (si no hubiera los cuales, por ejemplo, el PAS habría sacado siempre concejales en las principales ciudades de Asturies), etc. Y es que los grandes partidos, pese a lo que quieran pensar sus feligreses, no son más que un negocio envuelto en un discurso. Y parte importante del negocio consiste en expulsar a los demás de la arena política.

Llama la atención, por cierto, que cuando se trata de indagar las razones del escaso éxito electoral de los partidos asturianistas se acuda siempre a razones internas, a motivos de índole metafísico-marxista ("en Asturies no hubo burguesía", etc.) o a cualesquiera otros. Nunca se señalan, sin embargo, estos. Y, con todo, es claro que los partidos ya poderosos en dinero se afanan por mejorar su financiación, incluso por vías ilegales. Es patente que quienes ya tienen miles de líneas y de horas de presencia en los medios subvencionan medios afines, pagan propaganda, compran medios o los crean y se afanan por tener un minuto más de presencia pública. Si para ellos un duro o un segundo más son importantísimos, ¿cómo es que tantos sesudos analistas entienden que para nosotros es irrelevante, esto es, que nuestro problema no es básicamente de dinero o de presencia en los medios, sino de figura o discurso intrínsecos? ¿Risum teneatis?

¿Se puede hacer algo en esta situación? De momento se puede hacer poco. Seguir trabajando para crear un voto asturianista fiel (es decir, incondicional, como los de los demás). Intentar sumar fuerzas, asimismo.

Pero ni siquiera esto último es fácil. Cuando lo que se puede ofrecer, aun con unos hipotéticos óptimos resultados electorales en el marco de lo posible, es muy escaso, resulta muy difícil conjugar intereses. ¿O es que se piensa que un grupo humano va a laborar, gratis et amore, en beneficio de otro grupo humano con el que tiene diferencias conceptuales y, a lo mejor, hasta rencillas personales? Quien lo crea o desconoce la realidad o quiere ignorarla, aun conociéndola. Y, por otro lado, no lo olvidemos, en ese ámbito del llamado asturianismo/nacionalismo hay gente que aboga por la independencia, otros por la creación de una banca asturiana, los de aquí quieren crear decenas de empresas públicas, aquellos quieren prohibir las multinacionales, etc., etc. A algunos lectores, a quienes las proponen, estas coses les parecerán normales o razonables, a la mayoría de la población, espantibles. Intenten ustedes sumar ahí, en esa realidad (o irrealidad).

¿Siguen creyendo que es fácil o que se trata de una simple cuestión de voluntad o capacidad? Con todo, habrá que procurarlo (una vez más, por cierto).

TDT en Llastres

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Como siempre, nesti país faense les coses ensin demasiada planificación y estudiu. Puede que sea escasu'l porcentaxe del territoriu español que quede ensin cobertura de TDT, pero será abondo pa que miles de pueblos y decenes de miles de families queden ensin ella o la reciban a medies.

En Llastres tenemos dende hai tiempu esi problema. Dende fai más de mediu añu la recepción nuna parte de Llastres de la TDT ye incompleta (llimítase a TVE y TPA). Ta yá a puntu de finar la emisión analóxica y el problema sigue ensin resolver, pese a que los responsables de la rede de repetidores perconocen la cuestión. ¿Hasta cuándo? ¿Basta siempre?

Aparte de dar conocencia del problema y d'esixir la so solución, prestaríame qu'equí o nel BUSCOLU.COM fuesen dando publicidá de les so dificultaes los pueblos del conceyu de Colunga y la rodiada.

Alfonso XIII y Churchill (III)

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Resulta interesante el retrato que de Alfonso XIII nos da Winston Churchill en su Grandes contemporáneos (1937), por la visión personal que de él tiene, por los matices que aporta sobre el personaje, tanto en el plano político como humano, por el "sentir" de la sociedad española de la preguerra con respecto a EEUU...

En cualquier caso, y aunque seguramente la mayoría de mis lectores conocen ya todos los patices que el texto les pudiere aportar, lo transcribo aquí porque entre otras cosas, a algunos, espcecialmente a los más jóvenes, les ayudará a superar la idea absolutamente plana y estrábica que de la historia se les va creando, tanto desde las portavocías personales de la enseñanza como desde los altavoces atronadores de la manipulación política.

Nota: como el texto es largo, lo sustancio en tres entregas sucesivas. Esta es la tercera y última.



A todo el mundo le ha chocado el contraste entre la súbita y feroz aversión de los españoles por su rey, y su notable popularidad en el momento de su caída entre las democracias de Francia y de Inglaterra. En la patria, todos rostros ceñudos; en el extranjero, todo aplausos. Soberanos derribados de sus tronos bajo la acusación de despotismo han solido recibir asilo en tierras extrañas; pero jamás hasta entonces habían sido acogidos en París y en Londres con amplias, espontáneas manifestaciones de respeto y aprobación. ¿Cómo explicarlo? Los españoles, para quienes las instituciones democráticas llevaban consigo la esperanza de nuevos y grandes progresos y mejoras, miraban a Alfonso como un obstáculo para su avance. Las democracias francesa e inglesa, que ya gozan de todas sus ventajas, saben más acerca de ello. Ellas consideraban al rey como un deportista; los españoles le conocían como gobernante. Las fuerzas organizadas de Francia, Inglaterra y, sin duda, de los Estados Unidos, se sentían más atraídas por el carácter y la personalidad del rey Alfonso que por el carácter y la personalidad del pueblo español. Les sorprendía que la nación no quisiese tal soberano. El pueblo español veía las cosas a su manera; y esta visión era la que debía prevalecer. El mismo Alfonso no querría que fuese de otro modo.

Los hombres y los reyes deben juzgarse por los momentos críticos de sus vidas. El valor es apreciado, con razón, como la primera de las cualidades humanas, porque, como se ha dicho, es la que garantiza todas las demás.

Alfonso XIII ha probado, en todas las ocasiones de personal peligro o de política urgencia, su valor físico y moral. Hace muchos años, frente a una difícil situación, Alfonso hizo la arrogante declaración —jactancia no fácil en España— de «Yo he nacido en el trono y moriré en él». Que esto era una íntima, personal e intensa resolución y una norma de conducta, es indudable. Tuvo que abandonarla, y hoy, joven aún, está en el destierro. Pero no debe suponerse que esta decisión, la más penosa de su vida, fue tomada tan sólo en el último momento o bajo apremiante imposición. Bastante más de un año antes, había dado a conocer que, como rey, no se opondría a la voluntad explícita del pueblo español, constitucionalmente expresada, acerca de la cuestión de república o monarquía. Pero, después de todo, ¿qué rey moderno desearía reinar sobre un pueblo que no lo quisiera? En caso de que las elecciones generales de España diesen como resultado una fuerte mayoría republicana en las Cortes, todo el mundo habría de entender que ellas daban nacimiento a una Asamblea Constituyente. Entonces, y de la manera más legal, el rey habría abdicado sus poderes y se habría puesto a la disposición del gobierno deseado por sus anteriores súbditos.

Pero no iba a ser así. La efectiva crisis sobrevino súbita, inesperadamente, con solución impensada, como resultado de unas simples elecciones municipales en las que nunca deberían haber entrado las cuestiones fundamentales...: elecciones, además, en que las fuerzas adictas a la monarquía no se habían preparado para una eficaz acción política. Aun así, hubo una gran mayoría monárqui¬ca; pero nadie esperó el resultado definitivo. La crisis venía acompañada de toda clase de vehemencias e insultos. Por su comportamiento en esta odiosa prueba, el rey Alfonso demostró que anteponía el bienestar de su país a sus personales sentimientos de orgullo y a sus propios intereses. La solución fue impropia; el procedimiento, injurioso. Los medios de resistencia armada no faltaban; pero el rey comprendió que el caso había llegado a ser tan personalmente suyo que no justificaba el derramamiento de sangre española por manos españolas. Él fue el primero en lanzar en el palacio el grito de «¡ Viva España!». Hizo después otra notable manifestación: «Espero que no habré de volver, pues ello solamente significaría que el pueblo español no es próspero ni feliz.» Tales declaraciones nos facilitan medios para juzgar su reinado. Se equivocó; cometió, sin duda, tantos errores como los regios o parlamentarios gobernantes de otros países; tuvo tan poco éxito como la mayoría de éstos en satisfacer los vagos apremios de esta moderna edad. Pero observamos que el espíritu que lo guió a través de estos largos años de dificultades no ha sido otro que el de leal servicio a su país, y que siempre ha sido impulsado por el amor y el respeto hacia su pueblo.

EUROPA: ECONOMÍA, MONEDA Y EMPLEO

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Asoleyo equí una reflesión del 05/11/2002. Munches de les sos consideraciones siguen tando en vigor y señalen que, yá entós, nel entamu del euro y d'un mayor encaxetamientu de los países de la Unión, podíen prevese la mayor parte los problemes a los que nos enfrentamos, lo que, n'otres palabres, invita a pensar qu'esos problemes nun son de coyuntura meramente. Repárese na "profecía" de Friedman cuando apunta la fecha de 2010 pa reconsiderar la moneda única.

EUROPA: ECONOMÍA, MONEDA Y EMPLEO

El referéndum de Irlanda, mediante el cual se ratifica por completo el tratado de Niza, dando así entrada a diez nuevos países en la Unión Europea, evita una crisis política e institucional; pero abre paso a un camino pilancosu, en el que seguramente deberán replantearse muchos de los grandes principios de la Unión, incluida la moneda única.

Deberá recordarse que el impulso inicial de la Europa unitaria son las políticas económicas y los acuerdos comerciales, en concreto respecto al carbón y el acero. De ahí se ha ido avanzando en la desaparición de trabas a la libre circulación de mercancías, capitales y personas, hasta llegar a la moneda única. Ahora bien, esa unificación de mercados no puede borrar, ni borrará en un horizonte previsible, las enormes diferencias económicas entre estados y la diversidad de conciencias culturales y políticas que suponen las naciones prexistentes. Pues bien, la entrada de nuevos países no hará sino hacer más visibles y extremos esos contrastes, la variedad de los puntos de vista y el conflicto de intereses.

El acuerdo para la entrada de nuevos países ha coincidido con una polémica –española y europea— sobre el déficit cero. Como ideal, el equilibrio de ingresos y gastos es la receta “diez” de cualquier economía. Ahora bien, en la práctica no sólo es insostenible de forma continuada, sino que puede ser tremendamente dañina, puesto que la realidad puede exigir políticas anticíclicas, de endeudamiento e inversión pública. Es, pues, la “economía” (la política económica) la que debe ajustarse a la realidad, y no la realidad a la economía. En cuanto prejuicio absoluto, el déficit cero no es más que una superstición ideológica. El presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, lo ha venido a decir en otros términos: “una estupidez”. Pero, sobre todo, es la realidad la que lo certifica como una tochura: Alemania y Francia no pueden cumplir los compromisos de reducción del déficit del Plan de Estabilidad, y Francia quiere retrasar hasta el 2006 los plazos para ello, lo que, en la práctica, equivale a decir: “ya veremos para cuando”.

Sin embargo, los defensores del déficit cero tienen una parte importante de razón: sin disciplina la moneda europea pierde crédito y queda sometida a tensiones en los mercados financieros, con los efectos negativos que ello tendrá sobre la inflación y los créditos. Ahora bien, puesto que el desiderátum monetario de entropía cero no parece posible, ello quiere decir que cada uno de los nuevos países (con muchas más dificultades económicas que los actuales miembros de la U.E.) se escaparán de aquélla en la medida que les sea necesario, con lo que los problemas del euro serán mayores.

Pero es que, además, el problema real de la economía europea es su escaso dinamismo, sus no muy altos parámetros de innovación tecnológica e industrial y, por ello, su dificultad para crear empleo. Tanto Francia como Alemania —las dos grandes potencias continentales— vienen sufriendo una notable parálisis desde hace tiempo.Y las cosas no parece que vayan a cambiar en los años inmediatos, como es sabido. Los nuevos gobiernos francés y alemán son, en parte, producto de esa situación del pasado y se enfrentan —según reconocen paladinamente— a la impotencia de no tener recetas para superar ese problema estructural.

De esa forma, las transferencias desde Alemania —el gran país donante de la Europa unitaria— se van a limitar extraordinariamente, tanto en el ámbito agricola como en el de los llamados fondos estructurales y de cohesión. Sobre sabido, Schröder y Fischer han manifestado que es ésa la principal preocupación de su nuevo gobierno. De tal manera, los nuevos países que se incorporen a la Unión no tendrán las especialísimas dotaciones para la aproximación de rentas o infraestructuras que, hasta ahora, han tenido otros (salvo, naturalmente, que triunfe el movimiento cuyo abanderamiento ha anunciado en Polonia nuestro querido Presidente, Álvarez Areces).

Por otro lado, la propia concepción del Banco Central Europeo puede suponer un grave inconveniente a medio plazo. Como se sabe, el objetivo del banco central es el de la estabilidad de los precios, un objetivo impuesto cuando la preocupación en el continente era la inflación. Ahora bien, cuando las circunstancias sean my otras el banco se va a encontrar casi maniatado, y, además, las políticas pueden ser contradictorias en los efectos sobre las diversas economías europeas. Así el propio Win Duisenberg ha manifestado este mes que su mayor preocupación es la amenaza (presente) de una inflación inferior al uno por ciento en Alemania, lo que podría provocar deflación y una gravísima crisis económica. (Quizás no sea inapropiado recordar aquí los escasos aciertos de los cepés —cráneos priviliegiados— de la amestaúra europea: el llamado “sistema monetario europeo”, creado para defender las monedas de la inestabilidad, provocó un seísmo como hacía tiempo no se conocía; los pronósticos de beneficios del euro para los bolsillos de los ciudadanos, por disminución de costos en las transacciones, no se han traducido más que en los perjuicios de una inflación generalizada).

Toda esa situación puede llevar a que tanto la moneda única como el Banco Central –al menos como depositario de toda la política monetaria— tengan que ser reconsiderados y, acaso eliminados, por inconvenientes. Tres premios Nóbel, al menos, que yo sepa, Gary S. Bécquer, Milton Friedman y Paul A. Samuelson, se manifestaron en ese sentido en el pasado. Alguno, como Friedman, ha puesto fecha, el 2010.

En todo caso, lo que parece que muchos califican como un avance en la dirección presente, la entrada de diez nuevos países, tal vez se convierta en un avance hacia políticas más pragmáticas y reales y hacia el replanteamiento de muchos de los objetivos de la Unión.

Alfonso XIII y Churchill (II)

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Resulta interesante el retrato que de Alfonso XIII nos da Winston Churchill en su Grandes contemporáneos (1937), por la visión personal que de él tiene, por los matices que aporta sobre el personaje, tanto en el plano político como humano, por el "sentir" de la sociedad española de la preguerra con respecto a EEUU...

En cualquier caso, y aunque seguramente la mayoría de mis lectores conocen ya todos los patices que el texto les pudiere aportar, lo transcribo aquí porque entre otras cosas, a algunos, espcecialmente a los más jóvenes, les ayudará a superar la idea absolutamente plana y estrábica que de la historia se les va creando, tanto desde las portavocías personales de la enseñanza como desde los altavoces atronadores de la manipulación política.

Nota: como el texto es largo, lo sustancio en tres entregas sucesivas. Esta es la segunda.



Pero no iba a ser éste el final del día. La cabeza del cortejo había llegado ya a palacio. ¿A qué obedecía la demora en aparecer el rey y la reina? Pronto se supo la verdad; y muy poco después la real pareja se acercaba manchada de sangre, pero indemne, avanzando con el inflexible ceremonial marcado. No bastó la real presencia en los balcones del palacio para calmar a la excitada muchedumbre. Fue preciso que el rey tomase un automóvil abierto y pasease sin protección y casi solo entre la multitud de sus súbditos, para recibir su tributo de lealtad y su acción de gracias por haber resultado ileso de un mortal peligro. Éste fue el espíritu que iba a animar su conducta en todos los momentos de peligro.

La primera vez que tuve el honor de tratarle fue cuando visité Madrid en la primavera de 1914. Me convidó al almuerzo, y después me habló libre e íntimamente en su pequeño gabinete próximo al comedor. Yo había ido a Madrid a jugar al polo, y con tal motivo nos encontramos varias veces. Otro día me invitó a dar un paseo en su auto, e hicimos una larga excursión, camino de El Escorial. Aquí la conversación giró sobre el estado de inquietud de Europa. De pronto, el rey me dijo:

—Míster Churchill, ¿cree usted en la guerra europea? Yo contesté:

—Señor, a veces creo; a veces, no.

—Eso es exactamente lo que a mí me pasa—dijo.

Discutimos las varias posibilidades de que el porvenir parecía estar preñado. Su profunda estimación por Inglaterra estaba patente en todo lo que dijo. Aunque habían pasado cerca de veinte años desde que yo había acompañado a las fuerzas españolas en Cuba, me regaló, antes de partir de Madrid, la medalla de la guerra. A nadie pudo sorprender que España observase una estricta neutralidad en la gran lucha de Armageddon. Las barreras históricas entre España y las potencias aliadas y asociadas no eran fáciles de trasponer. El más profundamente amargo recuerdo de los españoles es el de la invasión napoleónica, con la angustia de la guerra peninsular. A pesar de haber transcurrido un siglo, no puede existir unidad de sentimientos entre Francia y España. Gibraltar, aunque una apagada causa de irritación, todavía des¬empeña su papel en el pensamiento español. Pero el odio real es contra los Estados Unidos, y la pérdida definitiva de los últimos restos del imperio colonial español dejó un vacío doloroso en los pechos de una raza altiva. La aristocracia estaba a favor de Alemania; la clase media, contra Francia. Y así decía el rey: «Sólo yo y la plebe estamos por los aliados». Era lo mejor que podía suceder para que España permaneciese neutral en la contienda; y prosperó, ciertamente, gracias a su abstención.

El rey me habló de otros atentados contra su vida. Recuerdo, particularmente, uno. Regresaba a caballo, de una parada, cuando un asesino surgió de pronto ante su caballo, empuñando un revólver, a escasamente un metro de distancia. «El polo resulta muy útil para estas ocasiones—dijo el rey—. Puse la cabeza de mi caballo en su dirección y me lancé sobre él mientras disparaba.» De esta manera logró salir ileso. En total fueron cinco atentados consumados y muchas conjuraciones abortadas. El conocimiento que hice con él en 1914 fue renovado en sus múltiples visitas a Inglaterra, y siempre pude observar en él una preocupación vigilante por los intereses de su patria y un sincero deseo por el bienestar material y el progreso de su pueblo. El autógrafo del rey Alfonso es un símbolo verdaderamente notable. Expertos en grafología proclaman descubrir en él profundos recursos de firmeza e iniciativa; posee ciertamente un peculiar estilo. Pocos soberanos, empero, habrán sido menos pomposos. La sombría, solemne etiqueta de la corte española ha producido, en su último maestro, un democrático hombre de mundo, moviéndose fácil y naturalmente en toda clase de sociedad. Disociar el rey del hombre, separar las funciones públicas de los goces de la vida privada, fueron siempre deseo y hábito en Alfonso XIII. Ha sido observado que este príncipe, cabeza de todos los grandes de España, solía retratarse lo más frecuentemente en trajes ligeros, jerseys de polo y atavíos sencillos. El hombre y el escenario eran ricos en contrastes.

Nada podía privar al rey de su natural alegría y buen humor. Los largos años de ceremonial, los cuidados del Estado, los peligros que le rodeaban, habían dejado intacta aquella fuente de jovialidad y alegría juvenil. Cuando lo encontré en una de sus recientes visitas a Londres, acababa de salir de una de las más graves crisis políticas de su reinado. Habló de esto con sencilla modestia y cierta clase de imperturbable confianza en sí mismo. Pero lo que parecía ocupar su pensamiento era la elección parcial inglesa de San Jorge, entonces en su apogeo.

Los pasquines en las casas y en los automóviles; la excitación política de sus numerosos amigos de Mayfair; las propagandas de la Prensa conservadora con sus consecuencias: muñidores y oradores aristocráticos de ambos sexos...; todo aquel vocerío y aquella algazara excitaban su natural interés. Le parecía una gran diversión y un juego en que le gustaría tomar parte. Gozaba callejeando de incógnito, viendo las cosas y enterándose directamente.

Su conversación, grave o alegre, hállase transida por un natural encanto y una mirada irónica. Rey o no, nadie podría desear un compañero más agradable, y estoy seguro de que si fuese a visitar los Estados Unidos su popularidad sería inmediata y duradera. Siente gran afición por Inglaterra y sus maneras, y ello le facilitaría grandemente el conocimiento de la vida y de la sociedad norteamericanas. Seguramente no puede haber una figura menos trágica, más aparentemente despreocupada que la de este estadista sagaz, acosado monarca y hombre perseguido. Contemplándolo, venía a mi memoria el recuerdo de los oficiales llegados con licencia a su país desde las trincheras de Flandes, felices en el círculo familiar, bailando alegremente en el baile o el cabaret, riéndose en las comedias de los teatros de variedades, sin que nada revelase en ellos la huella de los afanes y peligros que aún ayer habían dejado y a los cuales volverían al día siguiente.

Las vicisitudes que condujeron a la caída de la monarquía en España alcanzaron lentamente su vértice. Su origen radica en la quiebra del sistema parlamentario por su falta de contacto con las realidades y con la voluntad nacional. Partidos artificiosamente disciplinados y divididos produjeron una sucesión de gobiernos débiles conteniendo pocos —si tenían alguno— estadistas capaces de asumir una verdadera responsabilidad o de empuñar el poder en la forma adecuada a la ocasión.

La larga, irregular guerra de Marruecos —legado de siglos— roía como una úlcera la interior satisfacción del pueblo español, con bastantes dolores de desastre de tiempo en tiempo. No existía entre los políticos españoles ese pacto rígido, que es un vínculo de honor entre todos los partidos de la Gran Bretaña, de escudar la corona contra toda impopularidad o censura. Gabinetes y ministros se derrumbaban como castillos de naipes, dejando alegremente que el rey soportase las cargas que eran propias de aquéllos. Lo hizo sin vacilar. Mientras tanto, la guerra con los moros iba de mal en peor y el malestar público crecía. Crecía aún a pesar de la prosperidad y riqueza que la gran contienda mundial había proporcionado a España. Las obstinadas, poderosas e irreductibles fuerzas de la Iglesia y del Ejército, y la casi independiente institución del cuerpo de artillería, confrontaron a Alfonso con otra serie de problemas del más embarazoso carácter que accionaban y reaccionaban unos sobre otros a través de la estéril confusión de la máquina parlamentaria.

Sólo su gran paciencia, su habilidad y su conocimiento del carácter español y de los factores en juego le hicieron posible seguir su camino a través de una situación que míster Bernard Shaw ha esclarecido a las miradas actuales en las ingeniosas escenas y diálogo de su The Apple Car. Nuestro dramaturgo y filósofo fabiano ha prestado un servicio a la monarquía como quizá nunca haya sido prestado desde ningún otro sector. Con su burla inexorable ha ostentado, ante los socialistas de todos los países, la debilidad, la ruindad, las vanidades y las insensateces de las hueras figuras que flotan y se elevan entre las sirtes y remolinos de la llamada política democrática. Las simpatías del mundo moderno, incluyendo las de muchos de sus más avanzados pensadores, se sienten poderosamente atraídas por la vivaz y chispeante presencia de un rey mal tratado, dado de lado, llevado y traído para fines personales y políticos, y, sin embargo, seguro de su valer para la masa de sus súbditos, y esforzándose, no sin éxito, en preservar sus intereses permanentes y en cumplir su deber.

¿Cuál es la posición en que se sitúa Alfonso XIII como rey, y cuál la que adopta como hombre? Estas son las preguntas que debemos hacernos cuando un reinado de treinta años de poder consciente ha llegado a su término. El final fue amargo. Casi sin amigos, casi solo en el viejo palacio de Madrid, rodeado de multitudes hostiles, el rey Alfonso se dio cuenta de que tenía que marcharse. Una época se cerraba. ¿Debemos juzgarlo como estadista despótico o como un soberano constitucionalmente limitado? ¿Fue realmente por cerca de treinta años el verdadero gobernante de una de las más viejas ramas de la familia de las naciones europeas? ¿O fue, simplemente, un empedernido deportista jugador de polo, que daba la casualidad que era rey, llevaba sus atributos reales con fácil gracia y buscaba ministros, parlamentarios o extra-parlamentarios, para que lo sacasen adelante año tras año? ¿Pensaba en España, pensaba en sí mismo, o se limitaba exclusivamente a gozar de los placeres de la vida sin pensar absolutamente en nada? ¿Gobernó o reinó? ¿Hay que tratar su reinado como los anales de una nación o como la biografía de un individuo?

Sólo la Historia puede dar respuesta decisiva a estas preguntas. Pero yo no vacilaré en proclamar ahora que Alfonso XIII fue un político resuelto y frío que usó continua y plenamente de toda la influencia de su oficio de rey para dominar las políticas y los destinos de su país. Se juzgó superior, no sólo en jerarquía, sino en capacidad y en experiencia a los ministros que empleaba. Se sintió el único eje fuerte e inconmovible, alrededor del cual giraba la vida española. Su solo objetivo era la fuerza y la fama de su reino. Alfonso no pudo concebir que amaneciese un día en que dejaría de estar personalmente identificado con España. En todo momento adoptó las medidas que estaban a su alcance para asegurar y conservar su dirección sobre el destino de su país, y usó de sus poderes y administró su depósito con positiva prudencia e intrépido valor. Es, por lo tanto, como estadista y gobernante, y no como monarca constitucional siguiendo comúnmente el consejo de sus ministros, como él desearía ser juzgado, y como la Historia habrá de juzgarle. No tiene por qué temblar ante la prueba. Posee, como él mismo ha dicho, una buena conciencia.

Las elecciones municipales fueron una revelación para el rey. Toda su vida había estado perseguido por conspiradores y asesinos; pero toda su vida se había confiado libremente a la buena voluntad de su pueblo. Jamás había vacilado en mezclarse entre las multitudes, o en ir solo, sin escolta, a donde le parecía bien. En todos los viajes de su vida encontraba muchos amigos, y, siempre, cuando era reconocido, alcanzaba ovaciones y respeto. Sentíase, pues, seguro de tener tras sí la constante fidelidad de la nación; y habiendo trabajado continua y lealmente en su servicio, entendía haber merecido su afecto. Un relámpago iluminó la sombría escena. Vio en torno suyo una extensa, arraigada y, aparentemente, casi universal hostilidad: especialmente hostilidad personal hacia él. Pronunció entonces una de aquellas expresiones, que se le atribuían en aquel interesante período, y que muestran la fuerza y la calidad de su comprensión de la vida: «Me parece como si hubiese ido a visitar a un viejo amigo y me encontrase con que había muerto.» El episodio fue, realmente, una triste decepción. Explicadlo como queráis: la dureza de los tiempos en todo el mundo, la incapacidad política del partido monárquico, la tendencia de la época, la propaganda de Moscú; pero lo cierto es que, sin disfraz, fue un gesto de repulsa de la nación española, que llega al corazón.

ZITRÓN. PREMIU MEYOR EMPRESA

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Ayer, vienres, fízose entrega a la empresa ZITRÓN del galardón como "MEYOR EMPRESA ASTURIANA DEL 2009". El galardón ye un reló en madera fechu por Andrés y Blanca, de NUADA, artesanos del país.

ZITRÓN ye'l duodécimu galardonáu con premiu talu, que vien dando'l PAS desde desayaque.

Nel actu tuvieren presentes otros galardonaos anteriores, como Ángel de la Fuente Alegría, de TALLERES ALEGRÍA, y Emilio Serrano, de DESTILERÍAS LOS SERRANOS. También miembros del xuráu del premiu, como Guadalupe Gómez Fouz, Rocío Ardura o Ovidio de la Roza.

Acompañamos dos semeyes de la entrega del galardón a Antonio Fernández-Escandón Ortiz, dirixente de la empresa, que taba acompañáu d'otros socios, directivos y empleaos de ZITRÓN.

Nuna fai-y entrega de la pieza artesanal Xesús Cañedo Valle, Secretariu Xeneral del PAS, na otra ta'l Presidente, Xuan Xosé Sánchez. El que recueye'l premiu ye Antonio Fernández-Escandón Ortiz.

¿HACIA LA ARGENTINIZACIÓN DE ESPAÑA?

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En los últimos tiempos no es infrecuente leer u oír (también en la calle, no sólo en los medios) la idea de que nos acercamos a una «argentinización» de nuestra sociedad: empobrecimiento generalizado, degradación social, destrucción del tejido productivo, estancamiento, control total de la sociedad por unos partidos con un alto nivel de corrupción. Todo ello, tras un largo período en que las decisiones políticas, apoyadas una y otra vez por los ciudadanos, acaban por «comerse el país». ¿Es ello sólo un discurso derrotista o destructivo o tiene puntos de apoyo en la realidad para mantenerse?

Déjenme decir, ante todo, que no me parece probable que vayamos a recorrer ese camino, pero creo que, de todas formas, debemos señalar cuáles son los elementos estructurales o de coyuntura que invitarían a recorrer esa senda.

En primer lugar el déficit, que se sitúa en algo más del 11% del PIB en las cuentas del Estado, y al que habría que añadir el de ayuntamientos, comunidades y diputaciones. Pese a la subida del IVA y algunos otros impuestos, no es probable que mientras no se produzca una recuperación muy vigorosa (y ello va a ir más allá de este 2010) esa cifra disminuya. Existe, es cierto, un cierto colchón en nuestro nivel de deuda, pero se agotará pronto. En segundo lugar, la previsible evolución del número de pensionados, amenazadora desde hace mucho tiempo. En tercer lugar, el mercado de trabajo y la negociación colectiva, con desajustes importantes y barreras que dificultan la contratación, encarecen los costos relativos de las empresas e impiden asentarse en el empleo a los trabajadores recién llegados. En cuarto lugar, y muy especialmente, nuestra escasa productividad y la composición de nuestra estructura productiva, que nos hace muy poco competitivos y, por tanto, poco capaces de crear empleo. En relación, al tiempo, con esta escasa competitividad y con la burbuja «de expectativas de ganancias y crecimiento futuros» de los últimos años, está uno de los vectores de nuestra mala posición para competir —el otro, es el tecnológico—: los costos salariales (recuérdese el análisis del Nobel «zapateril» Krugman afirmando que los españoles deberíamos rebajarnos el sueldo un 25%). Y, finalmente, nuestra enorme deuda exterior y los problemas de algunas entidades financieras, que en las últimas semanas ha tenido una traducción visible en la retribución de nuestros bonos de deuda y en la desconfianza de los mercados hacia España, causante de la estrepitosa caída bursátil de estos días.

¿Tiene solución todo ello? En estos momentos, mientras redacto este artículo, el señor Campa y la ministra Salgado lo andan repitiendo por Europa: «España ya ha salido de una situación como esta». Cierto, lo que no dicen es que ni el PSOE ni el Presidente, Zapatero, están dispuestos a tomar ninguna medida que lo pueda solucionar. Tenemos estos días tres ejemplos: la propuesta y retirada del aumento de la edad de jubilación, la propuesta y retirada del período para el cálculo de las pensiones, el inconcreto y escurridizo documento sobre la reforma laboral. Y si acudimos a estos últimos años, en especial, desde el 2007, lo que caracteriza fundamentalmente a este Gobierno es la voluntad de inacción en materia económica y de relaciones laborales.

Así pues, la cuestión no es si podemos evitar un hipotético camino hacia la argentinización, sino si la sociedad —tanto los representantes políticos como los ciudadanos que los avalan y que les reiteran su aval— quiere poner los medios para evitarlo.

El más notable de los elementos que empobinen en esa dirección es la «peronización» de nuestra economía, poniendo en manos de los sindicatos decisiones fundamentales en materia económica y todas las relativas a las relaciones entre las partes en el ámbito de la producción de riqueza. Esta peronización, primorriverismo u organicismo, tan del gusto de siempre del PSOE, no sólo es una anomalía democrática, sino un disparate en sus efectos económicos (no así en los políticos, que parece ser un buen negocio).

El segundo y definitivo reside en la sociedad. España, pese a todo, dispone de buenos activos y es un país con unas estructuras sociales potentes: somos un país moderno, nos hemos constituido en la octava potencia económica del mundo, la red de infraestructuras es envidiable (quizás, salvo en Asturies), tenemos notables empresas que estos años se han convertido en multinacionales, existe una red de empresas que innova y exporta, la educación (aunque muy mejorable) se extiende a toda la población, existe una parte de nuestra sociedad que actúa como sociedad civil al margen de los poderes públicos, somos un estado relativamente homogéneo, con unas clases medias amplias…

Todos esos elementos representan un importantísimo bagaje para que podamos dar la vuelta a esta situación y volver al crecimiento, la modernización y la búsqueda de puestos de cabeza en el mundo. Ahora bien, si como ocurrió en algunos países latinoamericanos, quienes deberían constituir lo más dinámico y progresivo de nuestra sociedad se empecinan, por prejuicios de secta, de discurso o de falsa representación de la realidad (alguno de los que el Barón de Verulam llamaba «idola»), en sostener los métodos, los actores y las organizaciones que se empeñan en llevarnos hacia el empobrecimiento generalizado y el desastre social, entonces el camino será recorrido y el destino final será inevitable y, seguramente, irreversible, pese al euro y pese a Europa.


P.S. El PSOE y el Gobierno acaban de lanzar la consigna: la causa de las últimas turbulencias financieras es «una conjura del capitalismo financiero internacional». Acabarán convocándonos a la Plaza de Oriente, donde la Leire y el Blanco repartirán de nuevo la pancarta «Si ellos tienen Onu, nosotros tenemos dos». Se llenará, ya lo verán.

¡A uno siempre lo sacude un ramalazo de emoción estética cuando confirma la inmarcesible continuidad histórica del casticismo español!


Asoleyóse na Nueva del 12/02/10

Alfonso XIII y Churchill (I)

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Resulta interesante el retrato que de Alfonso XIII nos da Winston Churchill en su Grandes contemporáneos (1937), por la visión personal que de él tiene, por los matices que aporta sobre el personaje, tanto en el plano político como humano, por el "sentir" de la sociedad española de la preguerra con respecto a EEUU...

En cualquier caso, y aunque seguramente la mayoría de mis lectores conocen ya todos los patices que el texto les pudiere aportar, lo transcribo aquí porque entre otras cosas, a algunos, espcecialmente a los más jóvenes, les ayudará a superar la idea absolutamente plana y estrábica que de la historia se les va creando, tanto desde las portavocías personales de la enseñanza como desde los altavoces atronadores de la manipulación política.

Nota: como el texto es largo, lo sustancio en tres entregas sucesivas.



¡NACER rey! ¡No haber sido jamás otra cosa que rey; Haber reinado durante cuarenta y seis años, y después ser destronado! ¡Empezar una nueva vida en la madurez de la edad, en condiciones diferentes y reducidas, en una situación y en un estado de ánimo nunca hasta entonces experimentados, excluido de la única actuación a la que toda la vida se había consagrado! ¡Áspero destino, ciertamente! Haber dado lo mejor de sí mismo, haber arrostrado inquietudes y peligros, haber realizado grandes cosas, haber estado al frente de su país durante todos los riesgos del siglo xx; haber visto a su patria crecer en prosperidad y reputación; y después ser violentamente rechazado por la nación de que estaba tan orgulloso, cuyas glorias y tradiciones encarnaba; la nación que había tratado de simbolizar en las más bellas acciones de su vida..., no hay duda que es bastante para poner a prueba el alma de un humano mortal.

Las vicisitudes de los políticos no guardan relación con semejante prueba. Los políticos se elevan a través de afanes y luchas; esperan caer; esperan levantarse de nuevo. Casi siempre, en el poder o fuera de él, están rodeados y sostenidos por grandes partidos. Tienen con ellos muchos compañeros de desgracia. Su labor, con toda su variedad e interés, continúa. Los políticos saben que no son más que criaturas de un día. No sostienen en sus manos el áureo joyero que encierra los tesoros de las centurias y cuya pérdida sería irreparable. Están prontos a alternar lo favorable con lo adverso a lo largo del sendero que han escogido en la vida. Y aun los mismos políticos sufren sus angustias. Míster Birrell, ingenioso y prudente, tuvo que salir del Gobierno en 1916 a causa de los sucesos de la rebelión de Dublín, y más tarde, dentro del mismo año, su jefe, míster Asquith, cayó bajo las presiones de la gran guerra. Al considerar este último acontecimiento, decía Birrell: «Debe de haberle sido muy penoso. Aun a mí, que no hice más que caer de un burro (la secretaría de Irlanda), no me gustó nada; más duro le será a Asquith, que ha sido derribado de un elefante a la vista de todo el imperio británico». Pero ser rey y luego ser destronado... es una prueba incomparablemente más acerba.

Alfonso XIII fue hijo póstumo. Su cuna fue un trono. Hubo un tiempo, durante la regencia de su madre, en que a los filatélicos les deleitaban los sellos de España, que ofrecían la imagen de un bebé. Más tarde aparecieron los rasgos angelicales de un niño, después el perfil de un joven, y, por último, la cabeza de un hombre. Una educación severa: ayos, preceptores y una reina madre lo instruyeron en la profesión de rey. La educación de los príncipes es muy exigente. La disciplina escolástica, la religiosa y la militar oprimen entre sus garras al chico. Profesores, obispos y generales se presentan a cada hora y se apostan en cada sendero de la vida juvenil. Todos le inculcan el sentimiento de la majestad, todos le encarecen la idea del deber, todos insisten en la norma del decoro. Los verdaderos reyes tienen un punto de vista único. Ni aun el más eminente de sus súbditos posee el mismo engarce con la vida de todo su pueblo. Elevados muy por encima de los partidos y de las facciones, personifican el espíritu del Estado. Pero que alguien tan encumbrado, con tal preparación, tan henchido de honores, llegue a ser un verdadero y perfecto hombre de mundo, de noble apostura, pero sin la menor presunción ni fatuidad, demuestra que ha sido dotado, al nacer, del personal atractivo.

Delicado principito, educado sin las asperezas de la enseñanza pública, Alfonso templó su carácter y su naturaleza en una vida al aire libre. Su niñez de consciente realeza habría echado a perder a la mayoría de los niños; pero él se preocupó de ser un nadador, un jinete un escalador de montañas. Practicó primero el alpinismo trepando a las cumbres próximas al palacio de Miramar. Esbelto, ágil, optimista, su mente y su cuerpo se armonizaban. Jamás ha sido dado a la ostentación o a la molicie; sus placeres han sido siempre los de un hombre, su comportamiento el propio de un rey. Su afición por el polo modificó sin duda al oficial español de caballería. Es difícil imaginar al ejército español sin su impetuoso y valiente caudillo.

Apenas había alcanzado Alfonso la virilidad, cuando un nuevo maestro, llamado el peligro, unió sus lecciones a las del curso áulico. En los sombríos bajos fondos de la política española hay muchas sociedades secretas sobre las cuales la pistola y la bomba ejercen horrible, dramática atracción. Todo el mundo recuerda la tragedia que perturbó y estuvo a punto de convertir en su último día el día de la boda: el largo, espléndido cortejo, las jubilosas multitudes; en su carroza real el joven monarca y la hermosa princesa británica que acababa de ser su esposa; la lúgubre, furtiva figura asomándose a la ventana más alta, el pequeño paquete de monstruoso poder, la destructora explosión, la calle hecha una carnicería, decenas de hombres y mujeres revolcándose en su sangre o heridos de muerte; la consternación y el pánico en torno a la horrorosa escena; el rey, sereno y frío como el acero, ayudando a la desposada a descender del acribillado carruaje y tratando de ocultar a sus ojos el espectáculo circundante; los brillantes uniformes escarlata del destacamento del 16 de lanceros, enviado de Inglaterra en su honor, lanzándose delante en su auxilio... La escena, íntegra, perdura estampada en la memoria de la generación contemporánea.