Güei, en La Nueva España: No hubieron huevos (Cataluña)

(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)


No hubieron huevos

La investidura de Quim Torra


Es usted, querido lector, un expoliador, ¿lo sabía? Usted no hace otra cosa que exportar miseria, ¿lo ignoraba? Además es un maleducado, un pijo y un loco. Usted y yo claro, en cuanto españoles. Y si usted cree que por asturiano o asturianista queda salvado, se equivoca: para el señor Quim Torra, el nuevo presidente de la Generalitat, está usted incluido en ese gentilicio de gente despreciable.
Olvídense por un momento de la política y pregúntense únicamente: ¿cómo llega un tipo con esas formas a presidente de un país? ¿Qué corroe el país en que un puntu así (y aun peor en otras manifestaciones públicas y escritas) alcanza la presidencia? Pues ahí andamos.
Esas insultantes declaraciones de Torra me recuerdan los improperios que Francisco Letamendía, Ortzi -quien, huido el 23-F, pasó por el ridículo de ser rescatado en la mar por la Guardia Civil, al faltarle la gasolina-, dedicaba a nuestro compatriota Francisco Llera en la universidad de Euskadi al pasar junto a su departamento: "Aquí huele a estiércol de establo asturiano". Semejante.)
La cuestión catalana es un problema gravísimo. Lo es para quienes residen en Cataluña, lo es para el conjunto de los españoles. Para quienes viven en Cataluña lo es ya, por el enfrentamiento civil que existe en muchos lugares, y de lo que dan muestra ejemplar tanto Torra como los medios de comunicación dependientes de la Generalitat. Lo es también por las repercusiones económicas que la tensión política ha tenido hasta el momento. En caso de proclamarse la independencia, aumentaría el exilio de empresas y no habría dinero para subvenir a las obligaciones del nuevo Estado; el clima de enfrentamiento civil se agravaría. Para el conjunto de España las cosas serían también negativas, ya que Cataluña representa del 19% del PIB. Las repercusiones internacionales no serían cosa menor.
Pero, sobre todo, la trayectoria de Cataluña tendría un efecto atractivo sobre ciertas partes del Estado: Euskadi, ante todo; pero seguramente detrás, otras. Comprenderán ustedes que los conflictos sociales y políticos alcanzarían un nivel difícilmente soportable, aunque algunos terminasen por apaciguarse o diluirse con el tiempo. Si a ello añadimos el fraccionamiento de la representación política en España y la dificultad de establecer mayorías con capacidad de actuar, el panorama se presenta más oscuro.
Las soluciones, lo que algunos llaman "el diálogo" -tal vez, muchos de ellos, queriendo permanecer equidistantes o no comprometerse en cuestión tan peliaguda y que tiene tantas implicaciones ideológicas y de discurso-, parece imposible. Y, desde luego, algunas de las soluciones propuestas para "enguadar", como condonar la deuda catalana, dotarlos de mejor financiación en detrimento de los demás o conceder privilegios a la Comunidad son, desde el punto de vista de los asturianos -y de los demás, claro- absolutamente inaceptables.
Por otra parte, quienes ahora son la mayoría parlamentaria y el Gobierno en Cataluña son los que dieron en su día el golpe de Estado de la declaración de independencia, al modo en que en el 34 lo dio Lluís Companys, quien, por cierto, fue condenado a 30 años de cárcel por la República. Porque la declaración de independencia se realizó. Declararla, en efecto, es un "acto declarativo" y basta con su proclamación para que el acto exista. Es cierto que luego los proclamadores vinieron a decir que era una proclama de mentira, por jugar, digamos. Pero no fue, en esta cercana ocasión, la proclamación de independencia lo que falló, fueron la voluntad y la valentía los que faltaron para mantener lo dicho. Bien porque habían pensado que el Estado se allanaría, acaso porque alguna pieza clave de la resistencia (tal vez los mossos) les falló, tal vez porque el acto estaba pensado como el primer escalón de un proyecto sostenido en el tiempo.
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1 comentario:

Rubén Dario Andrés Diaz dijo...

Una visión demasiado monolítica del tema catalán, Sr. Sánchez Vicente. No contempla Ud. más que la solución represiva, excluyendo totalmente un diálogo que Ud. considera imposible, en la medida que implicara alguna "concesión" a Cataluña. Pero tenga en cuenta que, entre dos gobiernos democráticos y representativos, el camino del diálogo y el evitar soluciones de fuerza es una obligación. Ahora bien, para que haya diálogo, hay que admitir que la insistente y masiva reclamación de independencia por parte del gobierno y gran parte de la ciudadanía catalana ha de tener unas causas razonables, que no es fruto de locura o pura irresponsabilidad. Hay que estar dispuesto a dialogar sobre esas causas y problemas, y la manera de solucionarlos. Y esa disposición yo no la he visto nunca ni por ningún lado en el gobierno español. Por eso encuentro su artículo muy inflexible, poco político y centrado en lo que parece una venganza extremista contra la Generalitat y los independentistas. Buenas tardes.