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Ayer, en La Nueva España: ¿Quién paga?

 


¿QUIÉN PAGA?

 

Un familiar próximo tenía una expresión que usaba siempre que alguien proponía un gasto, fuese como inversión, para cubrir una necesidad o con una finalidad ligada al ocio: ¿quién paga? Quería así subrayar que no existe nada que sea gratuito y que de algún sitio (esto es, de alguien y del algún acto productivo previo) tiene que salir el dinero. Una versión más sencilla y más universal, a fin de cuentas, que el antiguo y teatral “no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague”.

Lo saben de sobra: estamos cerca del 20% de gente en paro; tenemos un millón de personas al borde del abismo, en los ERTE; nuestra deuda se ha disparado al 110% del PIB; la previsión de déficit para este año supera el 9%; el de las pensiones sigue aumentando; crece exponencialmente el número de personas que cobran por no trabajar, ya por haber cesado recientemente de hacerlo, ya por no haberlo hecho nunca o haberlo hecho hace mucho tiempo; en el mes de julio ERTES y despidos se habían comido ya los 21.300 millones de euros que nos van a llegar de Europa…

Y, sin embargo, la ciudadanía alegre y confiada exige y pide y el Gobierno da como si no llegasen los plazos ni se pagasen las deudas o, mejor aún, como si hubiese un depósito sin fondo del que se pudiese sacar y sacar sin que jamás se agotase, al modo en que aquel ingenuo creía que el burru cagarriales que le vendían en la feria eyectaría monedas de oro a voluntad con solo levantar su rabo (el del burro).

Aquí tienen ustedes una breve y escogida lista de qué sectores piden subvenciones o indemnizaciones: los hosteleros, en general, los hoteleros, los propietarios de establecimientos dedicados al ocio nocturno (también los consagrados a la prostitución y las –y, supongo, aunque menores en número, los– allí ejercientes), los feriantes, las orquestas, las empresas que han tenido que cerrar por enfermedad, por no poder exportar o por contracción del mercado, aquellas cuya actividad ha menguado notablemente... e tutti quanti.

Yo comprendo que quien no llora no mama. Pero esta ignorancia (voluntaria) sobre la fuente del dinero, este no querer saber quién paga no es ceguera solo de particulares o empresarios particulares, lo es también de las instituciones y de colectivos. Estas son algunas de las demandas hasta un futuro sin límites (solo titulares): “Los autónomos piden reestablecer la prestacion extraordinaria por cese”. “La FADE reclama ayudas a la contratación y ayudas fiscales a las empresas”. “Los empresarios turísticos piden los ERTE hasta 2021”. Garamendi, presidente de la patronal española: “Hay que alargar los ERTE hasta 2021”. Y naturalmente, UGT, CCOO, USO y FADE se suman con entusiasmo a la propuesta. También el Gobierno central, aunque con alguna reticencia respecto a la duración de los ERTE: “no dejaremos en la cuneta a nadie”, “alargaremos los ERTE el tiempo necesario”.

Y, si ayer constreñía el uso de los remanente por los ayuntamientos, hoy les abre la mano parcialmente: suspende la regla de gasto sin desbloquear los remantes. Y, ¡cómo no!, el fenómeno más disparatado de este “cansino rabo de Europa por desollar”, también quiere más leña en la hoguera: “Podemos exige incrementar el gasto para aparcar subidas de impuestos en los presupestos”, y la ministra de Trabajo se opone a cualquier modificación en las condiciones de jubilación desde la ensoñación de que el trasero del burro es una fuente que mana inagotable.

Decía mi abuela que “onde nun hay tasa ponse ella”. A lo que podríamos añadir aquellos versos –hechos, ciertamente, con otro sentido– de Quevedo: “De ayer te habrás de arrepentir mañana, y tarde y con dolor serás discreta”.

PS. En general, todas las medidas económicas que hasta ahora se han tomado o programado se han hecho bajo el cálculo de que la crisis del Covid se terminaría una vez pasada la primera oleada y acabado el confinamiento. Sin embargo, la crisis va a durar mucho más. La perspectiva aún no se ha modificado.

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